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Con las gafas de la Soberanía Alimentaria | Gustavo Duch

El desarrollo surge del crecimiento económico. Los transgénicos llegan para erradicar el hambre en el mundo. Los atuneros españoles en Somalia requieren de todo nuestro apoyo. La pequeña agricultura española vive sin trabajar gracias a los subsidios públicos. Las grandes superficies nos facilitan las compras además de ofrecernos precios muy ventajosos. El cambio climático lo resolveremos con mejor tecnología.
La internacionalización de las empresas españolas las convierte en agentes de desarrollo y crean riqueza allí donde desembarcan. Los países africanos no son capaces de aprovechar sus recursos naturales. La acuicultura ofrece una alternativa al agotamiento de los recursos pesqueros. La seguridad alimentaria de nuestro país se garantiza con las producciones del Sur. La agricultura ecológica es poco productiva y costosa. Los agrocombustibles no son responsables del aumento de los alimentos. La reforma agraria es una lucha obsoleta, del pasado…. Que no, que no me lo trago.

Informaciones como estas, que nos encontramos a diario presentadas como verdades absolutas, sin rendijas, tienen todas un propósito: consolidar una racionalidad que justifique el expolio y dominio que un centro global hace de las periferias y de la Madre Naturaleza, para poder seguir reproduciendo una forma de vida capitalista. Por eso me gusta recomendar, aprendiendo la fórmula propuesta por los movimientos feministas, que analicemos las cuestiones relacionadas con la agricultura colocándonos las gafas de la Soberanía Alimentaria.

Si la Soberanía Alimentaria se entiende como «el derecho de los pueblos a controlar sus propias semillas, tierras, agua y la producción de alimentos, garantizando, a través de una producción en armonía con la Madre Tierra, local y culturalmente apropiada, el acceso de los pueblos a alimentos suficientes, variados y nutritivos», vemos con sus gafas, un paisaje diferente:

Somalia tiene derecho y prioridad en el acceso a los recursos pesqueros de su región; la revolución verde con su química, y ahora con los transgénicos, se apropia del conocimiento común y colectivo de las mentes campesinas; las corporaciones en el trono del Sistema Agrario Global sólo entienden de beneficios económicos y nada saben del acto de cultivar y proveer alimentos; el cambio climático es un antiguo problema (con mucha responsabilidad en la agricultura industrial) que no lo puede resolver nuevas tecnologías; el acceso a la tierra es la base de las desigualdades en el campo (acentuado hoy día con la especulación que sobre la tierra cultivable se está dando); la internacionalización de las empresas es en realidad una deslocalización en busca de rebajar sus costes laborales y al encuentro de medidas medioambientales más permisivas; la agricultura campesina o ecológica, la agroecología, es capaz de alimentar al Planeta a la vez que lo enfría; la acuicultura está diseñada casi exclusivamente para disponer de productos interesantes para la exportación, es decir, de nuevo para nutrir al saciado centro global…

Que sí, que con estas gafas, descubrimos un cúmulo de atropellos e injusticias a la vez que nos presentan opciones posibles para reinventar, recuperando sabidurías pasadas, un nuevo modelo de alimentación.

¿Y si desaparecieran las abejas? | César-Javier Palacios

Hablamos de biodiversidad, de su importancia, de su necesidad, de que invertir en ella es invertir en nosotros mismos, pero pocos, muy pocos, saben exactamente de qué estamos hablando, qué es eso de la biodiversidad y para qué sirve. No será para tanto, se dirán ustedes, pero ahí están las estadísticas, matemáticamente irrebatibles. Según los últimos datos oficiales, apenas una de cada cuatro personas conoce en España el significado de la biodiversidad y percibe su importancia.

Algunos banalizarán el dato como un problema más de la falta de educación de nuestra sociedad, pero es más, mucho más, máxime cuando tan importante porcentaje de la población española desconoce, por poner un ejemplo, que la salud del 60 por ciento de la población mundial depende de medicamentos de origen natural, y por lo tanto de la biodiversidad.

O también podemos recordar la famosa frase que Albert Einstein pronunció en una ocasión: “Si las abejas comenzaran a desaparecer, a la humanidad le quedaría pocos años de vida”. Se basaba el científico en el hecho de que el 80% de las especies de plantas tienen flores que dependen de las abejas y otros insectos para ser polinizadas. En concreto, más de un cuarto de millón de plantas florales, así como otras muchas especies cruciales para la agricultura, dependen de las abejas. Sin ellas no habría frutas ni legumbres de las que poder alimentarnos.

Para cubrir esta laguna de conocimiento y reivindicar la importancia económica de la naturaleza, la Fundación Biodiversidad del Ministerio de Medio Ambiente, Medio Rural y Marino acaba de publicar el libro "Si desaparecieran las abejas", cuyo objetivo es difundir los beneficios de la biodiversidad, incorporándola a la vida diaria. Y que además te puedes descargar gratuitamente pinchando en este enlace.

El libro recoge de forma amena “treinta y pico” curiosísimos temas de conversación con la biodiversidad como protagonista, para que este verano tomando una caña con los amigos, o paseando por el campo, o en clase, hablemos de ella y de su relación con la salud, la innovación, la alimentación, el turismo o el empleo.

¿Quieres algunos datos? Pues por ejemplo, en sólo ocho meses el ser humano gasta lo que la naturaleza tarda un año en producir, cada minuto se pierde una superficie de bosque equivalente a unos veinte campos de fútbol, e incluso se ha descubierto que trescientas especies de plantas importantes para el ser humano dependen del vuelo de los murciélagos.

Si a ello le añadimos que España es el primer productor europeo de agricultura ecológica, un país en el que existen más de medio millón de empleos verdes, un 2,62 por ciento de la población ocupada, resulta evidente que hablar de biodiversidad es hablar de futuro. Y de abejas.