Contaminación, incendios, despoblación, erosión, sequía, cambio climático, urbanismo salvaje, sobreexplotación, especies invasoras, crisis. Con la que está cayendo, la biodiversidad se enfrenta a la extinción masiva más rápida en la historia de la Tierra, una destrucción general y acelerada de especies que amenaza con superar las cinco mayores extinciones del pasado geológico.
La culpa, ya lo saben, la tenemos nosotros, la supuesta especie elegida. El impacto humano en el planeta es análogo al impacto de la colisión de un gran cometa del Cretáceo, suceso que provocó hace sesenta y cinco millones de años la extinción de todos los dinosaurios.
Solo el 10% de las especies del mundo sobrevivieron a la tercera extinción masiva, la producida al final del Período Pérmico, hace 245 millones de años. ¿Cuántas desaparecerán ahora? Millones, pues el ritmo es ahora frenético.
Por suerte somos conscientes de ello. No será la solución al problema, es verdad, pero como explican los médicos, cuando el enfermo asume su enfermedad está dando el primer paso hacia su curación.
Hay un problema añadido. El mundo natural es muy grande ¿Por dónde empezamos a proteger? Inconscientemente, nuestra mente necesita retos concretos para ponerse en marcha, pues nos resulta imposible trabajar en la defensa de grandes ideas generalistas cercanas a la entelequia.
Hasta hace poco la protección de la naturaleza se centró en la defensa del hábitat, en la protección de espacios naturales convertidos en garantes de la biodiversidad. Desgraciadamente, hemos comprobado que esta política no es suficiente. La creación de espacios naturales aislados rodeados de hábitats degradados no garantiza la preservación de las especies. Sin contacto entre ellos, esos islotes van degradándose
poco a poco.
Aunque sea más bien un recurso psicológico, las nuevas políticas ambientales apuestan por la protección de las especies paraguas o bandera. Aquellas a las que protegiendo activamente, permiten la protección de forma indirecta de muchas otras especies que componen la comunidad de su hábitat. Y es así cómo protegiendo el oso o el lince se protege el bosque e incluso al hombre y la cultura agroganadera y forestal
surgida a su sombra.
Algunos científicos defienden que el “efecto paraguas” supone una vía sencilla para gestionar comunidades ecológicas complejas. Otros lo rechazan por simplificar excesivamente los problemas y, sobre todo, por la rápida manipulación con la que es utilizado por los políticos, tan amigos de los éxitos rápidos a golpe de nota de prensa. Pero no por ello debemos excluirlo. Es más. Deberíamos fomentar su existencia enarbolando miles de esas banderas de biodiversidad. Aunque hay un problema. Hace falta mucha educación ambiental. O seguiremos pensando equivocadamente que el león es el rey de la selva, mientras la sabana africana se queda
sin leones y sin gacelas.
9 sept 2010
10:52
6 sept 2010
9:32
2 sept 2010
9:10
30 ago 2010
10:18
27 ago 2010
9:52
25 ago 2010
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4 ago 2010
13:47
La tragedia de los olmos | César-Javier Palacios
“De los parques, las olmedas son las buenas arboledas”, aseguraba el poeta Antonio Machado. Desgraciadamente, resulta prácticamente imposible hoy en día encontrar tan frescas sombras. El “olmo viejo, hendido por el rayo y en su mitad podrido” hace muchas primaveras que no reverdece. Desde que en 1980 apareció una terrible enfermedad en Europa, la grafiosis, millones de estos maravillosos árboles han muerto (25 millones sólo en el Reino Unido), algunos con más de cinco siglos en sus ramas, queridos por todos, como el negrillón de Boñar o el legendario de Rascafría.
“Nada te turbe, nada te espante. Todo se pasa”, repetía el hermoso olmo de San Vicente de Ávila, compañero inseparable de la basílica románica a la que escoltaba. Sombra en la muralla, árbol de la palabra, confidente de los abulenses, de sus alegrías y tristezas susurradas a media voz a la salida de misa, su protección legal no logró el indulto. La enfermedad también acabó con él, asfixiado por el hongo asesino, hace dos años.
Menos de un diez por ciento de los olmos españoles ha sobrevivido a la implacable peste, pero en su mayor parte son sólo los ejemplares más jóvenes, los de corteza delgada y porte arbustivo. Despiadada con los viejos venerables, apenas ha dejado alguno con vida, como el famoso “El Pantalones” del Real Jardín Botánico de Madrid. Porque esta enfermedad perversa se la contagia un escarabajo barrenador de la
madera (Scolytus sp.), vehículo de un hongo llamado Ceratocystis ulmi que rápidamente le tapona los vasos conductores de savia, ahogándolo. Primero marchita y amarillea sus hojas más altas, pero al final logra matarlo en pocos meses. Respeta a los jóvenes, pero aniquila con insidia a los adultos, condenando a la especie arbórea a convertirse en arbustiva.
Cada verano me ocurre lo mismo. En las orillas de las carreteras o junto a los ríos descubro espesas manchas de olmo sanas, lustrosas, rebrotadas hace cuatro o cinco años de las raíces de antiguos ejemplares cuyos esqueletos continúan todavía fantasmagóricamente en pie. Y me digo: “Por fin el olmo ha vencido a la enfermedad, ha logrado inmunizarse”. Vana ilusión. Llegan los calores y ahí está de nuevo la rama marchita, señal inequívoca de la presencia del mal persistente. Antes de agosto las oscuras arboledas vuelven a desnudarse, a morir. Ni fumigación ni poda. No existe remedio contra la grafiosis.
Hoy he vuelto a ver los álamos cantores en la ribera del Duero, un siglo después de la llegada del poeta a Soria, y sus rumores evocaban soledad. Ya no quedan olmos vivos junto a ellos para darles conversación. Apenas sus esqueletos, tan raquíticos como la excepcional cultura etnobotánica forjada a su sombra, olvidada y desdeñada. Habría que proteger como un excepcional tesoro los últimos grandes olmos que aún nos quedan con vida en España, pero me temo que no hay interés por ellos. Si sobreviven será mérito de ellos. Y si mueren, seremos muy pocos los que los echaremos en falta, apenas un puñado de entusiastas de la naturaleza y de Machado.
“Nada te turbe, nada te espante. Todo se pasa”, repetía el hermoso olmo de San Vicente de Ávila, compañero inseparable de la basílica románica a la que escoltaba. Sombra en la muralla, árbol de la palabra, confidente de los abulenses, de sus alegrías y tristezas susurradas a media voz a la salida de misa, su protección legal no logró el indulto. La enfermedad también acabó con él, asfixiado por el hongo asesino, hace dos años.
Menos de un diez por ciento de los olmos españoles ha sobrevivido a la implacable peste, pero en su mayor parte son sólo los ejemplares más jóvenes, los de corteza delgada y porte arbustivo. Despiadada con los viejos venerables, apenas ha dejado alguno con vida, como el famoso “El Pantalones” del Real Jardín Botánico de Madrid. Porque esta enfermedad perversa se la contagia un escarabajo barrenador de la
madera (Scolytus sp.), vehículo de un hongo llamado Ceratocystis ulmi que rápidamente le tapona los vasos conductores de savia, ahogándolo. Primero marchita y amarillea sus hojas más altas, pero al final logra matarlo en pocos meses. Respeta a los jóvenes, pero aniquila con insidia a los adultos, condenando a la especie arbórea a convertirse en arbustiva.
Cada verano me ocurre lo mismo. En las orillas de las carreteras o junto a los ríos descubro espesas manchas de olmo sanas, lustrosas, rebrotadas hace cuatro o cinco años de las raíces de antiguos ejemplares cuyos esqueletos continúan todavía fantasmagóricamente en pie. Y me digo: “Por fin el olmo ha vencido a la enfermedad, ha logrado inmunizarse”. Vana ilusión. Llegan los calores y ahí está de nuevo la rama marchita, señal inequívoca de la presencia del mal persistente. Antes de agosto las oscuras arboledas vuelven a desnudarse, a morir. Ni fumigación ni poda. No existe remedio contra la grafiosis.
Hoy he vuelto a ver los álamos cantores en la ribera del Duero, un siglo después de la llegada del poeta a Soria, y sus rumores evocaban soledad. Ya no quedan olmos vivos junto a ellos para darles conversación. Apenas sus esqueletos, tan raquíticos como la excepcional cultura etnobotánica forjada a su sombra, olvidada y desdeñada. Habría que proteger como un excepcional tesoro los últimos grandes olmos que aún nos quedan con vida en España, pero me temo que no hay interés por ellos. Si sobreviven será mérito de ellos. Y si mueren, seremos muy pocos los que los echaremos en falta, apenas un puñado de entusiastas de la naturaleza y de Machado.
Biodiversidad en tiempos de cambio global II | Miguel Martín Álvarez
Volvamos sobre las ideas, reflexiones y jugosas anécdotas que David Attenborough expuso con motivo del premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales 2009 en el auditorio de La Laboral de Gijón. En esta segunda parte entenderemos su emoción al observar la naturaleza, nos hará repensar el consumismo y reflexionar sobre el cambio climático. Tres breves pinceladas más sobre el pensamiento de este magnífico naturalista y divulgador de la ciencia.
“Es difícil elegir una escena que me haya emocionado particularmente después de 50 años de trabajo. Recuerdo una vez que, en las montañas de Nueva Guinea, estábamos buscando una especie concreta de ave del paraíso que jamás había sido filmada en los bailes nupciales que realizaba en el suelo. Según las crónicas, era espectacular. En un desfiladero colocamos en las laderas cámaras a un lado y a otro. Después de varias semanas, el macho apareció en un claro del suelo del bosque en un momento en el que asomaba el sol y, de pronto, comenzó la danza ritual. Nosotros nos comunicábamos a través de unos micros que llevábamos enganchados en el pecho. Cuando vimos que teníamos el plano se hizo el silencio. Fue tal la belleza y el asombro que se convirtió en uno de los momentos más memorables de mi carrera. Después gritamos ¡lo conseguimos! El operador de sonido me dijo poco después que, aunque había un silencio absoluto, él supo cuándo apareció el ave del paraíso porque oyó a través de sus auriculares el golpeteo del latido de mi corazón, que se aceleraba por momentos”.
Para Attenborough hablar sobre ‘Biodiversidad en tiempos de cambio global’ es hablar también de las pequeñas aportaciones que cada uno de nosotros puede hacer para que el legado de una Tierra diversa y rebosante de vida se pueda extender por todo el planeta y, además, perdure en el tiempo.
“Creo sinceramente que todos nosotros en nuestra vida privada podemos aportar algo para un cambio a nivel global. Pero un solo cambio de una sola persona, o de unas cuantas personas, no puede hacer nada. Tengan en cuenta que todo lo que tomamos de la naturaleza tiene un coste. Nuestros viajes, nuestra ropa, nuestros ordenadores… todo implica un coste para el medio natural. Así que, cuanta menos electricidad, menos alimentos, menos productos exijamos, mejor para la naturaleza. Y cuantos más seamos, más posibilidad de cambio”.
Su posición y su visión privilegiada le dotan de unas reflexiones agudas e incisivas. Sin espacio para el doble sentido. Attenborough no sólo busca enseñar al público las maravillas del planeta en que vivimos, también entiende que el compromiso con la conservación de la naturaleza es inherente a su trabajo.
“La única manera para que el daño a la naturaleza por el cambio climático se minimice es que haya un acuerdo global para limitar drásticamente las emisiones de CO2 a la atmósfera. Hay que exigirles ese acuerdo a los políticos. Y no es fácil hacerlo, porque el número de años que pasan en el poder no es suficiente para que una toma de decisiones como ésta, con repercusiones positivas sólo a largo plazo, tenga beneficios en su propia legislatura. Sin embargo, ya hemos visto que los costes sociales y medioambientales de no adoptar medidas llegan enseguida. Un gran acuerdo sería un gran logro para todos. El mundo no se salva en un día, pero sí se pueden hacer grandes progresos”.
“Es difícil elegir una escena que me haya emocionado particularmente después de 50 años de trabajo. Recuerdo una vez que, en las montañas de Nueva Guinea, estábamos buscando una especie concreta de ave del paraíso que jamás había sido filmada en los bailes nupciales que realizaba en el suelo. Según las crónicas, era espectacular. En un desfiladero colocamos en las laderas cámaras a un lado y a otro. Después de varias semanas, el macho apareció en un claro del suelo del bosque en un momento en el que asomaba el sol y, de pronto, comenzó la danza ritual. Nosotros nos comunicábamos a través de unos micros que llevábamos enganchados en el pecho. Cuando vimos que teníamos el plano se hizo el silencio. Fue tal la belleza y el asombro que se convirtió en uno de los momentos más memorables de mi carrera. Después gritamos ¡lo conseguimos! El operador de sonido me dijo poco después que, aunque había un silencio absoluto, él supo cuándo apareció el ave del paraíso porque oyó a través de sus auriculares el golpeteo del latido de mi corazón, que se aceleraba por momentos”.
Para Attenborough hablar sobre ‘Biodiversidad en tiempos de cambio global’ es hablar también de las pequeñas aportaciones que cada uno de nosotros puede hacer para que el legado de una Tierra diversa y rebosante de vida se pueda extender por todo el planeta y, además, perdure en el tiempo.
“Creo sinceramente que todos nosotros en nuestra vida privada podemos aportar algo para un cambio a nivel global. Pero un solo cambio de una sola persona, o de unas cuantas personas, no puede hacer nada. Tengan en cuenta que todo lo que tomamos de la naturaleza tiene un coste. Nuestros viajes, nuestra ropa, nuestros ordenadores… todo implica un coste para el medio natural. Así que, cuanta menos electricidad, menos alimentos, menos productos exijamos, mejor para la naturaleza. Y cuantos más seamos, más posibilidad de cambio”.
Su posición y su visión privilegiada le dotan de unas reflexiones agudas e incisivas. Sin espacio para el doble sentido. Attenborough no sólo busca enseñar al público las maravillas del planeta en que vivimos, también entiende que el compromiso con la conservación de la naturaleza es inherente a su trabajo.
“La única manera para que el daño a la naturaleza por el cambio climático se minimice es que haya un acuerdo global para limitar drásticamente las emisiones de CO2 a la atmósfera. Hay que exigirles ese acuerdo a los políticos. Y no es fácil hacerlo, porque el número de años que pasan en el poder no es suficiente para que una toma de decisiones como ésta, con repercusiones positivas sólo a largo plazo, tenga beneficios en su propia legislatura. Sin embargo, ya hemos visto que los costes sociales y medioambientales de no adoptar medidas llegan enseguida. Un gran acuerdo sería un gran logro para todos. El mundo no se salva en un día, pero sí se pueden hacer grandes progresos”.
Sonidos en peligro de extinción | César-Javier Palacios
El rebuzno nocturno de los burros, el cacareo de las gallinas escarbando en la calle, las patadas de las mulas en la cuadra, el cuerno del pastor convocando a las ovejas, las campanadas del Ángelus, el tentenublo para espantar la trmenta, la campanilla del viático, el toque a muerto, los gritos del vendedor ambulante, los del pregonero, las ruedas del carro sobre el empedrado, el rebaño entrando en la tenada, los gritos a los bueyes, el run-rún del trillo, el bieldo y el rastrillo en la era, el llenado de los sacos con las medias fanegas, el grito de un cerdo, los trallazos de los colchoneros vareando la lana, el chiflo del afilador, el machaqueo del herrero, el martilleo del cantero, la azuela tallando vigas, pisando uvas en el lagar, los cantares del obrero (¿ya nadie canta en el tajo?), el torneado de la madera, hilando en el telar, la molienda en el molino, batiendo la mantequilla, pelando pollos…
Estos días los estoy pasando en Villamuñío, un pueblecito de León, y me doy cuenta de los muchos sonidos que conocí de niño y que, como los linces o los quebrantahuesos, se han extinguido.
Ante tan irrecuperable ausencia se los he tratado de explicar a mis hijos y no he podido. ¿Cómo explicas un sonido? Sí es verdad, les cuentas lo que eran esas actividades desaparecidas, para qué servían, tratas de introducirles en la ensoñación de tus recuerdos, pero es inútil.
Paseas por las eras, ahora repletas de grano acumulado en altos montones, y al paso de las cosechadoras y los tractores con aire acondicionado intentas explicar a los niños cómo se cosechaba antes con la hoz o cómo se trillaba a lo largo de tediosas jornadas bajo un sol implacable, arreando desmayado a los bueyes y burros, buscando en el botijo el frescor imposible. A qué sonaba ese trabajo. A los niños de hoy en día eso les resulta tan complicado de entender como difícil les parece el misterio de la desaparición de los dinosaurios. De hecho, tras la explicación colocan mi infancia en los mismos tiempos que los del Tiranosaurio rex, y no les critico. Los sonidos perdidos resultan imposibles de imaginar.
Sólo volviéndolos a escuchar podríamos rememorar ese mundo rural desaparecido, pero los muertos son mudos. Tan sólo nos queda su recuerdo, que en un esfuerzo nostálgico podríamos recuperar entre todos una vez al año, en los veraneos en el pueblo, aunque sólo fuera para que no se pierdan, para que no los olvidemos.
¿Lo oyeron? Acaba de rebuznar un burro, el último del pueblo. Al menos para mis hijos este sonido rural les acompañará toda la vida, como a mí.
Ganado bombero, cortafuegos de cuatro patas | César Javier Palacios
En Aragón, unos 320 kilómetros de cortafuegos se mantienen gracias a los 42 ganaderos que participan en el Plan Medioambiental de Ganadería Extensiva impulsado por el gobierno regional. 3.200 hectáreas de pastos que dan de comer a una importante cabaña de caprino, ovino, vacuno, equino, asnal e incluso camélido, evitan el fuego y sustentan a los buitres.
Por ejemplo, en la zona de La Ginebrosa, en la comarca del Bajo Aragón, se han acondicionado recientemente un total de 8,2 kilómetros de áreas cortafuegos para utilizarlas como zona de pastos. Dos ganaderos, que tienen sus instalaciones próximas, aprovechan gratuitamente este área; uno, con 600 cabezas de ganado caprino, y otro con 300 de ovino. El ganado está feliz y los forestales aún más.
El objetivo del Plan es múltiple: por una parte, se pretende que las cabañas ganaderas que pastan en zonas de áreas boscosas o montes con alto riesgo de incendio contribuyan a la eliminación y control de la vegetación de los cortafuegos. Algo tan sencillo como tener ganado en el monte reduce la carga de combustible potencialmente peligroso para cuya eliminación normalmente es necesario invertir grandes cantidades
de dinero en la contratación de personal, que igualmente consume grandes cantidades de combustible en traslados y utilización de maquinaria especializada. Al mismo tiempo, ayuda a fijar la población rural a través del mantenimiento de las actividades de ganadería extensiva. Y por si fuera poco, refuerza el mantenimiento de un paisaje y una biodiversidad únicos gracias al desarrollo de una técnica puesta a punto en los últimos 5.000 años por nuestra especie.
Nada nuevo bajo el sol. La ganadería extensiva es el modelo de futuro de desarrollo sostenible, el mejor, el de toda la vida. Si queremos mantener nuestros espacios naturales en buenas condiciones hay que revitalizarla porque es un elemento económicamente muy importante para el territorio y medioambientalmente indispensable.
En plena crisis rural, cuando la mayoría de las explotaciones ganaderas atraviesan una durísima crisis que las está poniendo en grave peligro de extinción, resulta sorprendente que proyectos como estos sean casi una novedad entre las administraciones regionales.
¿Por qué no se hace igual en todo el Estado? Da la impresión de que sus responsables políticos siguen prefiriendo garantizarse el clientelismo del voto cautivo a través de la contratación de miles de cuadrillas, cuando al menos en parte podrían ser sustituidas por rumiantes.
Y mientras el campo agoniza, de tal manera que llegará un día, si no ha llegado ya, en que los escasos rebaños que veamos en el campo pertenecerán a las consejerías regionales. Vacas y ovejas funcionarias. ¿El futuro? Me perdonarán ustedes, pero yo sigo prefiriendo los bomberos de cuatro patas tradicionales, los del ganadero local empeñado en vivir en su pueblo.
Por ejemplo, en la zona de La Ginebrosa, en la comarca del Bajo Aragón, se han acondicionado recientemente un total de 8,2 kilómetros de áreas cortafuegos para utilizarlas como zona de pastos. Dos ganaderos, que tienen sus instalaciones próximas, aprovechan gratuitamente este área; uno, con 600 cabezas de ganado caprino, y otro con 300 de ovino. El ganado está feliz y los forestales aún más.
El objetivo del Plan es múltiple: por una parte, se pretende que las cabañas ganaderas que pastan en zonas de áreas boscosas o montes con alto riesgo de incendio contribuyan a la eliminación y control de la vegetación de los cortafuegos. Algo tan sencillo como tener ganado en el monte reduce la carga de combustible potencialmente peligroso para cuya eliminación normalmente es necesario invertir grandes cantidades
de dinero en la contratación de personal, que igualmente consume grandes cantidades de combustible en traslados y utilización de maquinaria especializada. Al mismo tiempo, ayuda a fijar la población rural a través del mantenimiento de las actividades de ganadería extensiva. Y por si fuera poco, refuerza el mantenimiento de un paisaje y una biodiversidad únicos gracias al desarrollo de una técnica puesta a punto en los últimos 5.000 años por nuestra especie.
Nada nuevo bajo el sol. La ganadería extensiva es el modelo de futuro de desarrollo sostenible, el mejor, el de toda la vida. Si queremos mantener nuestros espacios naturales en buenas condiciones hay que revitalizarla porque es un elemento económicamente muy importante para el territorio y medioambientalmente indispensable.
En plena crisis rural, cuando la mayoría de las explotaciones ganaderas atraviesan una durísima crisis que las está poniendo en grave peligro de extinción, resulta sorprendente que proyectos como estos sean casi una novedad entre las administraciones regionales.
¿Por qué no se hace igual en todo el Estado? Da la impresión de que sus responsables políticos siguen prefiriendo garantizarse el clientelismo del voto cautivo a través de la contratación de miles de cuadrillas, cuando al menos en parte podrían ser sustituidas por rumiantes.
Y mientras el campo agoniza, de tal manera que llegará un día, si no ha llegado ya, en que los escasos rebaños que veamos en el campo pertenecerán a las consejerías regionales. Vacas y ovejas funcionarias. ¿El futuro? Me perdonarán ustedes, pero yo sigo prefiriendo los bomberos de cuatro patas tradicionales, los del ganadero local empeñado en vivir en su pueblo.
De tauromaquia, argumentos y prohibiciones | Miguel Martín Álvarez
La reciente prohibición de las corridas de toros en Cataluña ha generado durante estas últimas semanas intensos debates en la sociedad. A grandes rasgos, podríamos decir que los bandos se diferenciaban entre los que estaban a favor, los que estaban en contra y los que, no gustándoles la tauromaquia, no veían con buenos ojos la prohibición. Intentemos, pues, hacer un breve repaso al debate e intentar encararlo con algunas reflexiones.
Uno de los argumentos esgrimidos por los pro-taurinos era que “no está nada claro que el animal sufra en la plaza”. Bien, en principio no vendría mal recordar que la especie Homo sapiens también es un animal. Para más señas, primate, mamífero, vertebrado y del filo de los cordados. Resultado de una selección natural que proviene del principio de la vida en la Tierra y en la que el toro bravo pertenece, en buena parte, a la misma rama evolutiva: es un cordado, es vertebrado, es mamífero.
No es difícil imaginar que cuando un toro de lidia se encuentra acorralado en un recinto circular, desconocido, alejado del ámbito de la dehesa, fuera del cobijo de la manada y escucha un conglomerado de sonidos humanos indescifrable se le dispare la ansiedad, la agresividad y el miedo instintivo al no asimilar una situación que reconoce peligrosa pero de la que no tiene ninguna experiencia previa. En estos casos, probablemente, habría que pensar que la discusión no hay que centrarla en lo que se observa sino en el observador humano. Desde el punto de vista de este, exclusivamente antropocéntrico, el animal no sufre, no siente dolor. Quien así piensa, no llega a entender que otro animal mamífero haya desarrollado por evolución, igualmente que él, una característica de supervivencia como es la capacidad de sentir dolor.
Otro argumento comentado es la posible extinción del toro de lidia. Este animal es resultado de un largo proceso de selección realizado por el ser humano, no por la selección natural. A lo largo de la historia de la humanidad han aparecido y se han extinguido incontables razas domésticas de diversos animales. Probablemente habría que estar mucho más preocupado –nos afecta directamente- por el ritmo acelerado de desaparición de especies que en la actualidad se está dando en todos los ecosistemas y a lo largo de todo el planeta y que la ciencia ha denominado la sexta extinción.
Por otro lado, si aún así no se encuentran argumentos de peso, uno se puede apuntar a la moda ecologista. Argumento estrella de los defensores de ‘la fiesta’ es que sin el toro de lidia las dehesas españolas desaparecerán. Un tanto drástico, ¿no? Los montes adehesados o bosques aclarados han existido en el planeta desde que existen los herbívoros. El ser humano ha aprovechado la circunstancia y ha conformado así, para su beneficio, unos paisajes espléndidos. Por otra parte, en España estos ecosistemas no solo los utiliza el toro bravo, también diversos animales tanto domésticos como salvajes.
La primera corrida de toros en La Monumental de Barcelona después de la votación en el parlamento catalán fue un fracaso de público. Las fotos del interior mostraban una plaza casi vacía. Y eso que se suponía que sería el lugar y el momento perfecto donde expresar la discrepancia por la prohibición. Así que, visto el apoyo popular, se ha optado por escandalizarse ante el hecho de la prohibición. Puestos a elegir, lo que resulte más demagógico.
A nadie le gusta la palabra prohibir, y a eso se aferran. La verdad, el hecho de que se haya votado una prohibición ha suministrado un plus de oxígeno a una fiesta que agoniza en Cataluña. Varios escritores, filósofos y políticos nacionales se han vuelto de la noche a la mañana unos revolucionarios del 68, defendiendo la máxima del Prohibido prohibir. En el caso de los políticos, casualmente los mismos que se apresuran a blindar la ‘fiesta nacional’ en sus respectivos territorios, no vaya a ser que a algunas personas les de por discrepar y debatir el asunto.
Por poner un último ejemplo, en nuestro país la mayoría está de acuerdo en prohibir, pongamos por caso, el matrimonio con menores y no está de acuerdo en prohibir la libre asociación. Evidentemente, el problema no reside en el verbo maldito, sino en lo que se prohíbe. Quizás el tema real de fondo que afrontamos es que algunas personas pueden entender lo que es la tortura a un ser humano pero son incapaces de ver la tortura a los animales, nuestros cercanos parientes.
Uno de los argumentos esgrimidos por los pro-taurinos era que “no está nada claro que el animal sufra en la plaza”. Bien, en principio no vendría mal recordar que la especie Homo sapiens también es un animal. Para más señas, primate, mamífero, vertebrado y del filo de los cordados. Resultado de una selección natural que proviene del principio de la vida en la Tierra y en la que el toro bravo pertenece, en buena parte, a la misma rama evolutiva: es un cordado, es vertebrado, es mamífero.
No es difícil imaginar que cuando un toro de lidia se encuentra acorralado en un recinto circular, desconocido, alejado del ámbito de la dehesa, fuera del cobijo de la manada y escucha un conglomerado de sonidos humanos indescifrable se le dispare la ansiedad, la agresividad y el miedo instintivo al no asimilar una situación que reconoce peligrosa pero de la que no tiene ninguna experiencia previa. En estos casos, probablemente, habría que pensar que la discusión no hay que centrarla en lo que se observa sino en el observador humano. Desde el punto de vista de este, exclusivamente antropocéntrico, el animal no sufre, no siente dolor. Quien así piensa, no llega a entender que otro animal mamífero haya desarrollado por evolución, igualmente que él, una característica de supervivencia como es la capacidad de sentir dolor.
Otro argumento comentado es la posible extinción del toro de lidia. Este animal es resultado de un largo proceso de selección realizado por el ser humano, no por la selección natural. A lo largo de la historia de la humanidad han aparecido y se han extinguido incontables razas domésticas de diversos animales. Probablemente habría que estar mucho más preocupado –nos afecta directamente- por el ritmo acelerado de desaparición de especies que en la actualidad se está dando en todos los ecosistemas y a lo largo de todo el planeta y que la ciencia ha denominado la sexta extinción.
Por otro lado, si aún así no se encuentran argumentos de peso, uno se puede apuntar a la moda ecologista. Argumento estrella de los defensores de ‘la fiesta’ es que sin el toro de lidia las dehesas españolas desaparecerán. Un tanto drástico, ¿no? Los montes adehesados o bosques aclarados han existido en el planeta desde que existen los herbívoros. El ser humano ha aprovechado la circunstancia y ha conformado así, para su beneficio, unos paisajes espléndidos. Por otra parte, en España estos ecosistemas no solo los utiliza el toro bravo, también diversos animales tanto domésticos como salvajes.
La primera corrida de toros en La Monumental de Barcelona después de la votación en el parlamento catalán fue un fracaso de público. Las fotos del interior mostraban una plaza casi vacía. Y eso que se suponía que sería el lugar y el momento perfecto donde expresar la discrepancia por la prohibición. Así que, visto el apoyo popular, se ha optado por escandalizarse ante el hecho de la prohibición. Puestos a elegir, lo que resulte más demagógico.
A nadie le gusta la palabra prohibir, y a eso se aferran. La verdad, el hecho de que se haya votado una prohibición ha suministrado un plus de oxígeno a una fiesta que agoniza en Cataluña. Varios escritores, filósofos y políticos nacionales se han vuelto de la noche a la mañana unos revolucionarios del 68, defendiendo la máxima del Prohibido prohibir. En el caso de los políticos, casualmente los mismos que se apresuran a blindar la ‘fiesta nacional’ en sus respectivos territorios, no vaya a ser que a algunas personas les de por discrepar y debatir el asunto.
Por poner un último ejemplo, en nuestro país la mayoría está de acuerdo en prohibir, pongamos por caso, el matrimonio con menores y no está de acuerdo en prohibir la libre asociación. Evidentemente, el problema no reside en el verbo maldito, sino en lo que se prohíbe. Quizás el tema real de fondo que afrontamos es que algunas personas pueden entender lo que es la tortura a un ser humano pero son incapaces de ver la tortura a los animales, nuestros cercanos parientes.
Salvados por el humo | César-Javier Palacios
Un año más volvió a repetirse el milagro. Allí estábamos todos. Más de 500 personas expectantes mirando desde la carretera hacia el pequeño caserío de Peroblasco (La Rioja), apenas 40 casas enriscadas en un promontorio a la margen derecha del río Cidacos.
En 1970 se fue el último vecino. No había futuro, ni carretera, ni luz eléctrica, ni agua corriente, ni ilusión. Después de 1.500 años de historia todo estaba perdido. Hasta que en 1981 llegó el primer vecino nuevo, un quijote rural decidido a salvar de la ruina al bellísimo caserío serrano. ¿Cómo resucitar un pueblo muerto?, se preguntó. Con el humo.
Es la Fiesta del Humo, y hasta esta cuneta nos han llevado las gaitas y tamboriles. Nos sacan fuera pues sus habitantes necesitan silencio e intimidad. Sólo así, alejados de miradas extrañas que pongan en peligro el secreto de su magia revivificadora, acceden a liberarla.
Las nueve de la noche y explota un cohete en el aire. De repente, dando bocanadas de humo, el pueblo comienza a respirar en colores al ritmo de Pachelbel y de la voz cristalina de un mirlo celoso. Azul, amarillo, morado, rosa, anaranjado, verde,… Un haz de estelas multicolores asoma desde cada chimenea, entremezclándose sobre los tejados en un calidoscópico arco iris.
La emoción es inmensa, intensísima, contagiosa. A mi lado, en medio del silencio reverencial de todos los presentes, una señora no puede contener las lágrimas. Llora por el pueblo resucitado, pero también por todos esos cientos de pueblos brutalmente abandonados donde hace medio siglo que ya no sale humo de sus chimeneas. Dos lagrimones me corren también a mí por las mejillas, incapaz de contenerlas. El pueblo está vivo y lo grita a los cuatro vientos. Quiere vivir, exige vivir, lucha por vivir.
Es el segundo año que acudo a las fiestas de Peroblasco, el último sábado del mes de julio, y lo reconozco, me estoy haciendo un adicto, no tanto a sus calles empedradas o a sus buitres y águilas reales, a su cielo siempre cambiante. Me estoy haciendo adicto a sus gentes, a sus vecinos pletóricos de entusiasmo, llegados de mil y un lugares distintos con la única misión de salvar el pueblo.
¿Y por qué el humo? Estaban hartos de ser ninguneados, de luchar por tener servicios tan básicos como agua corriente, luz eléctrica, una carretera, teléfono o Internet. No se los daban porque decían que no existían, que en ese pueblo no vivía nadie. O que sólo había hippies, esos que viven como salvajes, que no necesitan nada, que no se merecen nada. Había que levantar la voz, hacer una señal, y así nació este silencioso grito al mundo para decirle que existen, pues donde hay humo hay vida.
¿Vida? Pocos pueblos habrá más vivos que éste. Con tan sólo 12 vecinos residiendo permanentemente, sus fiestas son las más hermosas de cuantas he disfrutado nunca. Jóvenes, viejos y niños bailando juntos en la era, como una gran familia, hermanados por el mismo sentimiento de amor a una tierra, a un proyecto vital. Que año tras año reivindica servicios tan básicos como contenedores de basura, depuradora, agua potable o la restauración de su histórico puente gótico. Saben que al final lo conseguirán pues confían en Peroblasco. Donde gracias a la magia de su misterioso humo de colores los milagros existen.
En 1970 se fue el último vecino. No había futuro, ni carretera, ni luz eléctrica, ni agua corriente, ni ilusión. Después de 1.500 años de historia todo estaba perdido. Hasta que en 1981 llegó el primer vecino nuevo, un quijote rural decidido a salvar de la ruina al bellísimo caserío serrano. ¿Cómo resucitar un pueblo muerto?, se preguntó. Con el humo.
Es la Fiesta del Humo, y hasta esta cuneta nos han llevado las gaitas y tamboriles. Nos sacan fuera pues sus habitantes necesitan silencio e intimidad. Sólo así, alejados de miradas extrañas que pongan en peligro el secreto de su magia revivificadora, acceden a liberarla.
Las nueve de la noche y explota un cohete en el aire. De repente, dando bocanadas de humo, el pueblo comienza a respirar en colores al ritmo de Pachelbel y de la voz cristalina de un mirlo celoso. Azul, amarillo, morado, rosa, anaranjado, verde,… Un haz de estelas multicolores asoma desde cada chimenea, entremezclándose sobre los tejados en un calidoscópico arco iris.
La emoción es inmensa, intensísima, contagiosa. A mi lado, en medio del silencio reverencial de todos los presentes, una señora no puede contener las lágrimas. Llora por el pueblo resucitado, pero también por todos esos cientos de pueblos brutalmente abandonados donde hace medio siglo que ya no sale humo de sus chimeneas. Dos lagrimones me corren también a mí por las mejillas, incapaz de contenerlas. El pueblo está vivo y lo grita a los cuatro vientos. Quiere vivir, exige vivir, lucha por vivir.
Es el segundo año que acudo a las fiestas de Peroblasco, el último sábado del mes de julio, y lo reconozco, me estoy haciendo un adicto, no tanto a sus calles empedradas o a sus buitres y águilas reales, a su cielo siempre cambiante. Me estoy haciendo adicto a sus gentes, a sus vecinos pletóricos de entusiasmo, llegados de mil y un lugares distintos con la única misión de salvar el pueblo.
¿Y por qué el humo? Estaban hartos de ser ninguneados, de luchar por tener servicios tan básicos como agua corriente, luz eléctrica, una carretera, teléfono o Internet. No se los daban porque decían que no existían, que en ese pueblo no vivía nadie. O que sólo había hippies, esos que viven como salvajes, que no necesitan nada, que no se merecen nada. Había que levantar la voz, hacer una señal, y así nació este silencioso grito al mundo para decirle que existen, pues donde hay humo hay vida.
¿Vida? Pocos pueblos habrá más vivos que éste. Con tan sólo 12 vecinos residiendo permanentemente, sus fiestas son las más hermosas de cuantas he disfrutado nunca. Jóvenes, viejos y niños bailando juntos en la era, como una gran familia, hermanados por el mismo sentimiento de amor a una tierra, a un proyecto vital. Que año tras año reivindica servicios tan básicos como contenedores de basura, depuradora, agua potable o la restauración de su histórico puente gótico. Saben que al final lo conseguirán pues confían en Peroblasco. Donde gracias a la magia de su misterioso humo de colores los milagros existen.
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