21 dic 2010
10:09
Aun hay “niños urbanos”. Me refiero a los que no saben nada del campo y no es porque no hayan estado en él sino porque, cuando les han llevado, solo han podido corretear y nadie les haya dicho lo que campo y naturaleza suponen para todos. Sus padres suelen ser urbanitas, descendientes de abuelos urbanitas cuya idea sobre el campo quizás se parezca a la que “definió”, con sardónico gracejo, mi buen amigo y cronista montañés Felipe Mazarrasa: “el campo es esa cosa verde, llena de vacas, “panojos” y mosquitos, colocada fuera de las ciudades”.
Poco a poco la mentalidad social y cultural ha ido cambiando pero el despiste continúa. Pero hay infinidad padres urbanitas, motivados por el cambio de actitud de la sociedad y de la información que están interesándose por la naturaleza silvestre. Pienso que a esos padres les gustaría que sus hijos pudiesen conocer y disfrutar más del campo pero lógicamente no saben como hacerlo. Como creo que todo en la vida es juego, haré alguna sugerencia que quizás ayuden a esos padres, tal y como a mi me ayudaron, a despertar la curiosidad y el interés entre mis hijos.
Lo primero para empezar, es elegir lugares llamativos, frondosos y variados ya entrada la primavera o en el verano. He aquí un primer juego sencillo para un grupo de niños (as) pequeños (as). Proponerles que se internen entre los árboles y arbustos y que traigan el mayor número posible de hojas de formas diferentes. Se premiará al que mas variedades consiga. Este juego estimulara sus facultades de observación al darse cuenta de la variedad de plantas de cualquier bosque.
Otro juego que propongo: Se mete en alguna pequeña caja de hojalata monedas cromos y algún pequeño objeto, será el “tesoro”. Se cierra bien la caja, se la lleva al interior de un bosque y allí se entierra al pie de un árbol que marca para reconocerle. Entre todos los participantes se dibuja un plano del lugar del enterramiento. Uno o dos meses después se va a buscar con el plano el lugar y el árbol y se recupera la caja… si se encuentra claro. A realizar el plano ayudarán todos. Mi experiencia me ha hecho ver que el juego ilusiona a los participantes, en especial la búsqueda pero también les divierte, tanto el preparar el “tesoro” como el ir a enterrarlo.
Un ejercicio que se puede hacer en cualquier época cuando se haga senderismo: acostumbrarles a mirar, de vez en cuando, hacia atrás para tomar referencias del camino que han recorrido y luego, al regreso, hacerlo por el mismo camino con ayuda de los puntos de referencia memorizados.
El niño cuando deja de ser urbano es más feliz, se da cuenta de las alegrías que supone el saber orientarse, el mirar, el conocer. Espero que ya no haya padres como aquel que me contó que, yendo en su coche por un camino de tierra con su hijo pequeño, se les cruzó una gallina y el niño le dijo:
- Papa ten cuidado con “eso”.
20 dic 2010
10:15
16 dic 2010
16:41
13 dic 2010
10:25
2 dic 2010
9:32
29 nov 2010
10:44
26 nov 2010
9:08
Niño urbano | Guillermo Rancés
1 comentarios
Aun hay “niños urbanos”. Me refiero a los que no saben nada del campo y no es porque no hayan estado en él sino porque, cuando les han llevado, solo han podido corretear y nadie les haya dicho lo que campo y naturaleza suponen para todos. Sus padres suelen ser urbanitas, descendientes de abuelos urbanitas cuya idea sobre el campo quizás se parezca a la que “definió”, con sardónico gracejo, mi buen amigo y cronista montañés Felipe Mazarrasa: “el campo es esa cosa verde, llena de vacas, “panojos” y mosquitos, colocada fuera de las ciudades”.
Poco a poco la mentalidad social y cultural ha ido cambiando pero el despiste continúa. Pero hay infinidad padres urbanitas, motivados por el cambio de actitud de la sociedad y de la información que están interesándose por la naturaleza silvestre. Pienso que a esos padres les gustaría que sus hijos pudiesen conocer y disfrutar más del campo pero lógicamente no saben como hacerlo. Como creo que todo en la vida es juego, haré alguna sugerencia que quizás ayuden a esos padres, tal y como a mi me ayudaron, a despertar la curiosidad y el interés entre mis hijos.
Lo primero para empezar, es elegir lugares llamativos, frondosos y variados ya entrada la primavera o en el verano. He aquí un primer juego sencillo para un grupo de niños (as) pequeños (as). Proponerles que se internen entre los árboles y arbustos y que traigan el mayor número posible de hojas de formas diferentes. Se premiará al que mas variedades consiga. Este juego estimulara sus facultades de observación al darse cuenta de la variedad de plantas de cualquier bosque.
Otro juego que propongo: Se mete en alguna pequeña caja de hojalata monedas cromos y algún pequeño objeto, será el “tesoro”. Se cierra bien la caja, se la lleva al interior de un bosque y allí se entierra al pie de un árbol que marca para reconocerle. Entre todos los participantes se dibuja un plano del lugar del enterramiento. Uno o dos meses después se va a buscar con el plano el lugar y el árbol y se recupera la caja… si se encuentra claro. A realizar el plano ayudarán todos. Mi experiencia me ha hecho ver que el juego ilusiona a los participantes, en especial la búsqueda pero también les divierte, tanto el preparar el “tesoro” como el ir a enterrarlo.
Un ejercicio que se puede hacer en cualquier época cuando se haga senderismo: acostumbrarles a mirar, de vez en cuando, hacia atrás para tomar referencias del camino que han recorrido y luego, al regreso, hacerlo por el mismo camino con ayuda de los puntos de referencia memorizados.
El niño cuando deja de ser urbano es más feliz, se da cuenta de las alegrías que supone el saber orientarse, el mirar, el conocer. Espero que ya no haya padres como aquel que me contó que, yendo en su coche por un camino de tierra con su hijo pequeño, se les cruzó una gallina y el niño le dijo:
- Papa ten cuidado con “eso”.
El juego de Félix | César-Javier Palacios
La reposición en Televisión Española de la serie El Hombre y la Tierra supone un maravilloso ejercicio retrospectivo. ¿Ha cambiado mucho el mundo en los últimos 30 años?
Si comparamos los problemas medioambientales de entonces con los de ahora (destrucción de hábitats, especies en peligro de extinción, venenos, éxodo rural) comprobaremos con tristeza que todo sigue igual o incluso ha empeorado. Y sin embargo, nuestra sociedad actual es muy diferente a la de entonces, ahora mucho más urbana, globalizada y, aparentemente, sensibilizada. ¿Mejor ahora? Hay opiniones para todos los gustos.
Pero volviendo a Félix Rodríguez de la Fuente, resulta sorprendente cómo hemos evolucionado en algo aparentemente tan banal como nuestra actitud frente al televisor. Entonces esa “caja tonta” acaparaba toda nuestra atención pero no como individuos, que es como la consumimos (o nos consume) ahora, sino como grupo familiar. Félix lograba reunir a toda la familia frente a la tele, interactuando con todos y cada uno de nosotros, igual padres, que niños o abuelos. Cada emisión semanal daba luego pie a comentarios llenos de asombro por esa apasionante “aventura de la vida” que los mayores hacían suya recordando su no tan lejana experiencia rural en esos pueblos que con tanto dolor habían abandonado. Concluido el programa, o en las tediosas tardes de domingo, los temas volvían a la mesa durante las largas partidas de cartas o parchís. No había electrónica pero había mucho calor humano.
Ese apego familiar, ese compartir experiencias, sabidurías, anécdotas frente al televisor, está en mayor peligro de extinción que los linces ibéricos. Pero una vez más Félix puede lograr reunir de nuevo a la familia gracias a la fauna ibérica y a algo tan tradicional como es un juego de mesa.
No sé si lo conocen, pero la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente, en colaboración con una empresa juguetera, acaba de poner a la venta “El Juego de Félix Rodríguez de la Fuente”, una especie de trivial con el que acercar el legado del naturalista a las nuevas generaciones, educándolas en el respeto y el amor a la naturaleza. Porque jugar en familia va más allá de pasar un buen rato juntos e incluso de aprender. Supone una oportunidad para compartir, implica un encuentro y fomenta la unión familiar, la confianza y el afecto.
Como todos los años por estas mismas fechas cercanas a la Navidad, la duda de qué regalar a un niño nos tiene desorientados durante semanas. Por primera vez yo ya sé lo que les voy a comprar a los míos. Ni Game Boy ni Play Station: El juego de Félix. Eso sí, con el compromiso de jugar con ellos y no hacer trampas. Entre otras razones, porque me hace ilusión que Félix vuelva a reunir a mi familia para hablar de bichos.
Cancún y la comida sin fronteras | Gustavo Duch
Si la moneda con la que nos manejamos, el euro, tuviera como base los valores ecológicos (una fórmula podría ser un paralelismo con sus costes energéticos), la forma de ver y valorar nuestro consumo sería diferente y sorprendente. Veamos algunos ejemplos de la cesta de la compra ofrecidos por el estudio de Ingeniería sin Fronteras Cuando el olmo pide peras del que tomo datos para este artículo.
Cuando fuéramos a una gran superficie a comprar manzanas el precio del kilo estaría a unos 13 euros, mientras que si las adquiriéramos en alguna agrobotiga ecológica catalana no ascendería a más de tres. Tanta diferencia respondería a que, con mucha probabilidad, la manzana del súper procede de Chile, principal exportador de fruta fresca a nivel mundial. El encarecimiento es más que significativo y en este caso se corresponde en buena parte a los casi 14.000 kilómetros que las manzanas han tenido que recorrer. No es una cifra baladí, observen: si la población catalana evitara el turismo de estas manzanas viajeras se ahorraría energía suficiente para mantener la ciudad de Barcelona iluminada durante… tres años.
Si ahora comparamos un kilo de tomates producidos bajo plásticos en El Ejido (Almería) con tomates producidos en agroecológico en la provincia de Barcelona, aquí la diferencia de costes, además del kilometraje recorrido, deriva por la forma de producirlos. El kilo de tomates industriales costaría 11 euros, dado que con este modelo se gasta mucho combustible en las labores agrícolas, en fitosanitarios, en electricidad para el bombeo de agua, pero sobre todo en el uso de fertilizantes de síntesis elaborados a partir de petróleo. Los tomates ecológicos, a su lado, salen mucho más económicos, a dos euros, entre otras cosas porque usan fertilizantes naturales elaborados a partir de estiércol. Y otra vez la diferencia es de gran magnitud: según el promedio de consumo anual de tomates en Catalunya, «simplemente comprando tomates ecológicos cada persona podría ahorrar energía equivalente a 22 días de consumo de nuestro frigorífico».
Por último, veamos las diferencias entre apostar por una pequeña ganadería local donde la cría de los animales se sustenta en su propia producción de granos, y una producción industrial de cerdos que debe importar las materias necesarias para el pienso (cebada, maíz, sorgo y soja). Por un kilo de cerdo de la primera opción pagaríamos unos 7,5 de estos nuevos ecoeuros, y algo más de 24 ecoeuros por la carne industrial. Aquí los kilómetros que marcan esta gran diferencia no son tan visibles como en los dos primeros casos, pero están ahí: «Con la energía destinada a la producción y transporte para cerdos en Catalunya durante un año podríamos dar… ¡14.000 vueltas al mundo en coche!»
Sabíamos que el comercio de alimentos genera grandes beneficios para unas pocas multinacionales; sabíamos que como consecuencia los hábitos alimentarios en nuestras regiones han cambiado en apenas una o dos generaciones; sabíamos que en estos intercambios y especialización los países del Sur salen muy perjudicados; pero faltaba desvelar que este modelo alimentario global tiene unas fuertes implicaciones energéticas y una muy considerable contribución en la emisión de gases de efecto invernadero.
En concreto, si tomamos los datos del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), se estima que la propia actividad agraria es responsable del 22% de las emisiones de gases (similar porcentaje a las emisiones de origen industrial y más elevadas que las del transporte). Pero si seguimos pensando en el sistema alimentario al completo, como hemos visto con los ejemplos anteriores, debemos valorar también los gases emitidos en el procesamiento, transporte y distribución de alimentos, y la cifra asciende a un 41%, según el Informe Stern, o hasta un alarmante 57%, según los estudios de la oenegé Grain.
Y a pesar de tener constancia, a pesar de las intensas reclamaciones de los movimientos campesinos presentes en la cumbre de Cancún sobre cambio climático, nada de esto ha aparecido en los debates ni en las insuficientes medidas aprobadas. De hecho, Cancún vuelve a ser un reflejo más de encuentros internacionales que buscan soluciones parche que en nada puedan hacer tambalear las verdaderas causas, el modelo capitalista que calienta el planeta. Lo cual tiene una sencilla explicación: la política actual actúa (o se inhibe) sumisa al poder económico.
Mientras a nivel mundial esto no cambia, y frente a barbaridades ecológicas como consumir en Catalunya gambas cultivadas en Ecuador, procesadas en Marruecos y empaquetadas en Amsterdam, desde la ciudadanía catalana tenemos la opción de exigir a nuestras instancias políticas que potencien y favorezcan el consumo local, de temporada y ecológico. Patatas, tomates o carnes que refresquen tantos bochornos.
Cuando fuéramos a una gran superficie a comprar manzanas el precio del kilo estaría a unos 13 euros, mientras que si las adquiriéramos en alguna agrobotiga ecológica catalana no ascendería a más de tres. Tanta diferencia respondería a que, con mucha probabilidad, la manzana del súper procede de Chile, principal exportador de fruta fresca a nivel mundial. El encarecimiento es más que significativo y en este caso se corresponde en buena parte a los casi 14.000 kilómetros que las manzanas han tenido que recorrer. No es una cifra baladí, observen: si la población catalana evitara el turismo de estas manzanas viajeras se ahorraría energía suficiente para mantener la ciudad de Barcelona iluminada durante… tres años.
Si ahora comparamos un kilo de tomates producidos bajo plásticos en El Ejido (Almería) con tomates producidos en agroecológico en la provincia de Barcelona, aquí la diferencia de costes, además del kilometraje recorrido, deriva por la forma de producirlos. El kilo de tomates industriales costaría 11 euros, dado que con este modelo se gasta mucho combustible en las labores agrícolas, en fitosanitarios, en electricidad para el bombeo de agua, pero sobre todo en el uso de fertilizantes de síntesis elaborados a partir de petróleo. Los tomates ecológicos, a su lado, salen mucho más económicos, a dos euros, entre otras cosas porque usan fertilizantes naturales elaborados a partir de estiércol. Y otra vez la diferencia es de gran magnitud: según el promedio de consumo anual de tomates en Catalunya, «simplemente comprando tomates ecológicos cada persona podría ahorrar energía equivalente a 22 días de consumo de nuestro frigorífico».
Por último, veamos las diferencias entre apostar por una pequeña ganadería local donde la cría de los animales se sustenta en su propia producción de granos, y una producción industrial de cerdos que debe importar las materias necesarias para el pienso (cebada, maíz, sorgo y soja). Por un kilo de cerdo de la primera opción pagaríamos unos 7,5 de estos nuevos ecoeuros, y algo más de 24 ecoeuros por la carne industrial. Aquí los kilómetros que marcan esta gran diferencia no son tan visibles como en los dos primeros casos, pero están ahí: «Con la energía destinada a la producción y transporte para cerdos en Catalunya durante un año podríamos dar… ¡14.000 vueltas al mundo en coche!»
Sabíamos que el comercio de alimentos genera grandes beneficios para unas pocas multinacionales; sabíamos que como consecuencia los hábitos alimentarios en nuestras regiones han cambiado en apenas una o dos generaciones; sabíamos que en estos intercambios y especialización los países del Sur salen muy perjudicados; pero faltaba desvelar que este modelo alimentario global tiene unas fuertes implicaciones energéticas y una muy considerable contribución en la emisión de gases de efecto invernadero.
En concreto, si tomamos los datos del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), se estima que la propia actividad agraria es responsable del 22% de las emisiones de gases (similar porcentaje a las emisiones de origen industrial y más elevadas que las del transporte). Pero si seguimos pensando en el sistema alimentario al completo, como hemos visto con los ejemplos anteriores, debemos valorar también los gases emitidos en el procesamiento, transporte y distribución de alimentos, y la cifra asciende a un 41%, según el Informe Stern, o hasta un alarmante 57%, según los estudios de la oenegé Grain.
Y a pesar de tener constancia, a pesar de las intensas reclamaciones de los movimientos campesinos presentes en la cumbre de Cancún sobre cambio climático, nada de esto ha aparecido en los debates ni en las insuficientes medidas aprobadas. De hecho, Cancún vuelve a ser un reflejo más de encuentros internacionales que buscan soluciones parche que en nada puedan hacer tambalear las verdaderas causas, el modelo capitalista que calienta el planeta. Lo cual tiene una sencilla explicación: la política actual actúa (o se inhibe) sumisa al poder económico.
Mientras a nivel mundial esto no cambia, y frente a barbaridades ecológicas como consumir en Catalunya gambas cultivadas en Ecuador, procesadas en Marruecos y empaquetadas en Amsterdam, desde la ciudadanía catalana tenemos la opción de exigir a nuestras instancias políticas que potencien y favorezcan el consumo local, de temporada y ecológico. Patatas, tomates o carnes que refresquen tantos bochornos.
Jamón y medio ambiente | César-Javier Palacios
Siento un placer inmenso cada vez que disfruto de uno de esos “manjares de la tierra”. Productos donde, junto a su gran calidad, se une un manejo ejemplar del territorio basado en sistemas tradicionales. Me pasa especialmente con el jamón ibérico. Cada una de esas lonchas sabiamente extraídas al ritmo pausado del largo cuchillo no es tan sólo una bendición para los sentidos, supone consumir biodiversidad; consumo “del bueno”, pues con nuestra elección colaboramos de manera activa en la conservación de uno de los bosques más ricos del mundo, la dehesa.
Elegir cerdo ibérico es apoyar a la única ganadería porcina extensiva que nos queda en Europa, a una raza autóctona extraordinaria y, por supuesto, a esos ganaderos que mantienen árboles y animales en un estado ejemplar de equilibrio, haciendo uso de los mismos métodos ancestrales utilizados desde hace siglos por sus antepasados. Lo llamamos ahora desarrollo sostenible pero es, lisa y llanamente, sabiduría popular.
La dehesa, tal como la vemos, no es un bosque mediterráneo en sí mismo. Se trata de un agropaisaje forestal, la transformación de encinares y alcornocales en formaciones boscosas abiertas, capaces de lograr el perfecto equilibrio entre pastos y arbolado. Es por tanto un delicado paisaje cultural, tan enraizado a los hombres que si estos lo abandonaran desaparecería en muy poco tiempo. Y que comprende en su conjunto más de 2 millones de hectáreas en España, localizadas principalmente en el suroeste del país.
Los cerdos ibéricos mandan en este ecosistema seminatural. El secreto de su calidad se debe a una peculiaridad genética, la de almacenar grasa en el tejido muscular, clave del inconfundible sabor y textura de su carne. También resulta muy importante su crianza en régimen de semilibertad, peleando en el campo frutos y pastos con grullas o ciervos. Y por supuesto, necesita igualmente de la maestría del chacinero, quien sólo utiliza sal marina y esos aires tan limpios para secar la carne durante los muchos meses de tranquilidad necesarios para completar el proceso de curación.
Pero ojo, que no todo el cerdo ibérico viene de la dehesa. Volviendo al jamón, resulta importante que, como consumidores, sepamos diferenciar lo bueno de lo mejor y de lo exquisito. El gorrino rey es el criado en montanera o “de bellota”, nada que ver con el de recebo, que alterna pienso con bellota, o el de cebo, alimentado artificialmente.
El capricho de un buen ibérico no es barato, es verdad, pero estos homenajes gastronómicos que algunas veces nos damos saben aún mejor cuando conocemos la repercusión ambiental de nuestras compras. Y pocas veces la conservación de un bosque único ha sido más sabrosa.
La plaga | Gustavo Duch
Mejor es tener un vecino que agrandar el terreno (Campesino francés en ‘El retorno de los campesinos’ de Silvia Pérez-Vitoria)
Ya conocemos algo más de aquella lengua de entonces. Sabemos de palabras como he`fê que evolucionaron hasta nuestros días, siendo ahora -sin modificaciones de forma, sí de fondo- de uso común para nuestra civilización. Hemos de saber también que aquel lenguaje de antes era de pocas palabras y muchos silencios, entre otras razones porque de muchas cosas no había nada que hablar.
No había que hablar de residuos, y palabras como basura o vertedero jamás existieron, porque todo se aprovechaba y nada se tenía que tirar. Los restos de las comidas alimentarían a las gallinas y cerdos del patio. Y lo que estos no aprovecharan, junto con sus excrementos, formarían el humus para cuidar y alimentar a la tierra, que agradecida devolvería alimentos verdes y saludables. Los utensilios que les facilitaban la vida eran imperecederos y siempre reparables o reusables. Las profesiones de Ingeniería del Invento, Tecnología de la Reparación y Peritaje en Reutilización eran muy bien consideradas.
Tampoco se conocían las palabras competitividad, propiedad, y mucho menos la propiedad privada. Las faenas del campo eran responsabilidad común y sus cosechas beneficios colectivos. La tierra, ese manto principio de todo, nunca tuvo dueños, ni tan siquiera era de todas y todos, pues las hijas e hijos no pueden ser dueños de su madre. El rio no era de nadie, y así había pesca para todos. El pozo no era de nadie, y daba a todos de beber. El bosque no era de nadie y quien quisiera en él podía recolectar y cazar. Las semillas saltaban de mano en mano, sin nombres porque nadie nunca las bautizó ni se las apropió.
No sabían de segundos, minutos, ni horas, ni prisas. Porque el tiempo pasaba con ellos sin ser el rector de sus vidas. El árbol crecía a su ritmo y la fruta maduraba libre, cuando y como quería. A los animales nadie les metía prisa -ni otras cosas- para que engordaran lo antes posible o pusieran huevos sin cesar, y siempre tenían suficiente de todo.
Con menos palabras y ricos en silencios ganaban momentos para charlar y convivir.
Ya conocemos algo más de aquella lengua de entonces. Sabemos de palabras como he`fê que evolucionaron hasta nuestros días, siendo ahora -sin modificaciones de forma, sí de fondo- de uso común para nuestra civilización. Hemos de saber también que aquel lenguaje de antes era de pocas palabras y muchos silencios, entre otras razones porque de muchas cosas no había nada que hablar.
No había que hablar de residuos, y palabras como basura o vertedero jamás existieron, porque todo se aprovechaba y nada se tenía que tirar. Los restos de las comidas alimentarían a las gallinas y cerdos del patio. Y lo que estos no aprovecharan, junto con sus excrementos, formarían el humus para cuidar y alimentar a la tierra, que agradecida devolvería alimentos verdes y saludables. Los utensilios que les facilitaban la vida eran imperecederos y siempre reparables o reusables. Las profesiones de Ingeniería del Invento, Tecnología de la Reparación y Peritaje en Reutilización eran muy bien consideradas.
Tampoco se conocían las palabras competitividad, propiedad, y mucho menos la propiedad privada. Las faenas del campo eran responsabilidad común y sus cosechas beneficios colectivos. La tierra, ese manto principio de todo, nunca tuvo dueños, ni tan siquiera era de todas y todos, pues las hijas e hijos no pueden ser dueños de su madre. El rio no era de nadie, y así había pesca para todos. El pozo no era de nadie, y daba a todos de beber. El bosque no era de nadie y quien quisiera en él podía recolectar y cazar. Las semillas saltaban de mano en mano, sin nombres porque nadie nunca las bautizó ni se las apropió.
No sabían de segundos, minutos, ni horas, ni prisas. Porque el tiempo pasaba con ellos sin ser el rector de sus vidas. El árbol crecía a su ritmo y la fruta maduraba libre, cuando y como quería. A los animales nadie les metía prisa -ni otras cosas- para que engordaran lo antes posible o pusieran huevos sin cesar, y siempre tenían suficiente de todo.
Con menos palabras y ricos en silencios ganaban momentos para charlar y convivir.
A veces pienso que miento | Gustavo Duch
Pensa-miento 39: La pradera donde pastan las 120 ovejas de su rebaño es un ejemplo de conservación de la biodiversidad. Una agrónoma que la estudió, contabilizó un total de 62 variedades diferentes entre leguminosas, gramíneas, etc. Nativas todas, en este campo no se cultivan ni crecen las variedades comerciales. A las ovejas, robustas y sanas, no parece importarles. Al bolsillo del ganadero tampoco. La agrónoma le mostró sus fotos y características en un libro titulado, CATÁLOGO DE LAS MALASHIERBAS IBÉRICAS. Pensemos, quién miente, ¿la ciencia formal, las austeras ovejas o el ganadero subversivo?
Pensa-miento 40: Me dicen que a las mamás cuando están cercar del parto les suben unas décimas la temperatura. ¿Será entonces que el cambio climático es un aviso de un próximo nacimiento? ¿Será que la Tierra es una redonda y gigante ameba a punto de partición? Y si engendra dos mundos ¿coincidirán en la misma Tierra las parejas enamoradas? ¿Habrá una Tierra rica en sueños pero empobrecida y una Tierra agotada y dominante? ¿O será que será que eso ya es así? O tal vez el parto llegue de la fusión entre dichos mundos. Y la suma de uno más uno será igual a uno: nuevo, propio, único, suyo y por construir.
Pensa-miento 40: Me dicen que a las mamás cuando están cercar del parto les suben unas décimas la temperatura. ¿Será entonces que el cambio climático es un aviso de un próximo nacimiento? ¿Será que la Tierra es una redonda y gigante ameba a punto de partición? Y si engendra dos mundos ¿coincidirán en la misma Tierra las parejas enamoradas? ¿Habrá una Tierra rica en sueños pero empobrecida y una Tierra agotada y dominante? ¿O será que será que eso ya es así? O tal vez el parto llegue de la fusión entre dichos mundos. Y la suma de uno más uno será igual a uno: nuevo, propio, único, suyo y por construir.
Ahogados por los malos humos | César-Javier Palacios
Los datos aportados por el último informe sobre contaminación atmosférica de Ecologistas en Acción son espeluznantes. Si se tienen en cuenta los valores recomendados por la Organización Mundial de la Salud (OMS), 36,9 millones de españoles respiramos habitualmente aire contaminado, es decir, un 79% de la población, 4 de cada 5 ciudadanos. Y no piensen en humeantes fábricas degradando los entornos más industrializados. La principal fuente de contaminación se produce en las áreas urbanas y está provocada por el tráfico. Esos coches y esos atascos tan cotidianos e insanos.
Tampoco hay que exagerar, dirá alguno. Nadie se muere por respirar aire polucionado, lo más normal en una ciudad. Pues se equivoca. El Ministerio de Medio Ambiente, Medio Rural y Marino (MARM) cifra en 16.000 el número de muertes prematuras anuales achacables en el Estado español a la contaminación atmosférica. Mientras, la Comisión Europea calcula que cada año fallecen 400.000 personas en la Unión Europea por esta misma causa. ¿Es o no es un asunto como para preocuparse?
Lo peor es que, si quisiéramos, el aire de nuestras urbes podría ser limpio y sano. Tan sólo sería necesario disminuir la intensidad del tráfico motorizado, promoviendo el transporte público y el uso de medios alternativos no contaminantes. Ahora parece que la panacea es el coche eléctrico, olvidándose los políticos de la bicicleta, el transporte terrestre más sano y barato. Aunque peligroso. Hoy resulta imposible moverse en bicicleta por unas ciudades desparramadas donde la gente vive a decenas de kilómetros de su lugar de trabajo; también porque los conductores no saben comportarse ante un ciclista y te juegas la vida en la carretera cada vez que optas por las dos ruedas.
El teletrabajo, gracias al uso de las nuevas tecnologías, permitirá a una parte de la población trabajar desde casa. Sin tanto estrés, tiempo perdido en desplazamientos y consumo de combustible, la vida será mejor y la contaminación menor. Pero ¿qué pasará con el resto de la población activa? Deberán seguir aferrados al coche y los demás a sus malos humos. Porque la triste verdad es que hemos diseñado mal las ciudades y pagamos y pagaremos caro ese error durante décadas.
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