La tragedia de los olmos | César-Javier Palacios

“De los parques, las olmedas son las buenas arboledas”, aseguraba el poeta Antonio Machado. Desgraciadamente, resulta prácticamente imposible hoy en día encontrar tan frescas sombras. El “olmo viejo, hendido por el rayo y en su mitad podrido” hace muchas primaveras que no reverdece. Desde que en 1980 apareció una terrible enfermedad en Europa, la grafiosis, millones de estos maravillosos árboles han muerto (25 millones sólo en el Reino Unido), algunos con más de cinco siglos en sus ramas, queridos por todos, como el negrillón de Boñar o el legendario de Rascafría.

“Nada te turbe, nada te espante. Todo se pasa”, repetía el hermoso olmo de San Vicente de Ávila, compañero inseparable de la basílica románica a la que escoltaba. Sombra en la muralla, árbol de la palabra, confidente de los abulenses, de sus alegrías y tristezas susurradas a media voz a la salida de misa, su protección legal no logró el indulto. La enfermedad también acabó con él, asfixiado por el hongo asesino, hace dos años.

Menos de un diez por ciento de los olmos españoles ha sobrevivido a la implacable peste, pero en su mayor parte son sólo los ejemplares más jóvenes, los de corteza delgada y porte arbustivo. Despiadada con los viejos venerables, apenas ha dejado alguno con vida, como el famoso “El Pantalones” del Real Jardín Botánico de Madrid. Porque esta enfermedad perversa se la contagia un escarabajo barrenador de la
madera (Scolytus sp.), vehículo de un hongo llamado Ceratocystis ulmi que rápidamente le tapona los vasos conductores de savia, ahogándolo. Primero marchita y amarillea sus hojas más altas, pero al final logra matarlo en pocos meses. Respeta a los jóvenes, pero aniquila con insidia a los adultos, condenando a la especie arbórea a convertirse en arbustiva.

Cada verano me ocurre lo mismo. En las orillas de las carreteras o junto a los ríos descubro espesas manchas de olmo sanas, lustrosas, rebrotadas hace cuatro o cinco años de las raíces de antiguos ejemplares cuyos esqueletos continúan todavía fantasmagóricamente en pie. Y me digo: “Por fin el olmo ha vencido a la enfermedad, ha logrado inmunizarse”. Vana ilusión. Llegan los calores y ahí está de nuevo la rama marchita, señal inequívoca de la presencia del mal persistente. Antes de agosto las oscuras arboledas vuelven a desnudarse, a morir. Ni fumigación ni poda. No existe remedio contra la grafiosis.

Hoy he vuelto a ver los álamos cantores en la ribera del Duero, un siglo después de la llegada del poeta a Soria, y sus rumores evocaban soledad. Ya no quedan olmos vivos junto a ellos para darles conversación. Apenas sus esqueletos, tan raquíticos como la excepcional cultura etnobotánica forjada a su sombra, olvidada y desdeñada. Habría que proteger como un excepcional tesoro los últimos grandes olmos que aún nos quedan con vida en España, pero me temo que no hay interés por ellos. Si sobreviven será mérito de ellos. Y si mueren, seremos muy pocos los que los echaremos en falta, apenas un puñado de entusiastas de la naturaleza y de Machado.

4 comentarios:

Marta dijo...

Precioso.

Robert dijo...

César, el problema (imagino que quizá ya lo sepas) de porque si que hay olmos jóvenes, y no olmos más grandes, es que el escolítido que les pasa la infección solo entra en el tronco del árbol a partir de un cierto diámetro (no recuerdo en cuánto estaba, sobre 10 o 15 cm creo recordar). Antes de ese diámetro, el tronco no le sirve para sus puestas, por lo que no entra.

En cuánto alcanzan un grosor un poco mayor... ¡zas!. Todavía quedan algunos olmos sanos anteriores a la plaga, de todos ellos se ha extraído material genético y están siendo estudiados para averiguar el porque de su resistencia.

En El Bierzo teníamos dos, el de Cuatrovientos y otro cerca de Paradela del Río. Este último lo visitamos en invierno del año pasado y estaba casi muerto ya... al fin le alcanzó la plaga. Nos queda uno.

Buen artículo, un saludo.

gustavo dijo...

Buenas. Se que la gente del INIA lleva trabajando hace años con el tema, y están estudiando varios olmos cultivados en Finca Osorio (Gran Canaria) ejemplares centenarios que han escapado, debido seguramente al aislamiento, de la enfermedad.

JOROVIFOZ dijo...

Hace unos días visitando el Valle de Ambroz en Cáceres, nos acercamos a Granadilla (el pueblo que fue expropiado entero para construir un embalse en los años 50), nos encontramos a la entrada del puebo en el lateral del Castillo en OLMO en bastante buen estado de conservación. Qué ilusión verlo y fotografiarnos junto a él.

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