Cinco ingredientes y una receta | Gustavo Duch

Con sólo cinco ingredientes, ni uno más ni uno menos, cualquier empresa de restauración colectiva que se precie, cualquier cocinero o cocinera con habilidades suficientes, tiene bastante para organizar menús, de lunes a viernes, sin tener que repetir ni un solo plato, fíjense:

Ingrediente 1: Los precocinados. Varitas de pescado, buñuelos de bacalao, crestas de atún, croquetas de cualquier cosa. Para las empresas es un plato de bajo coste. Para la cocina una bolsa que sólo hay que freír. Alimentos de diseño, que como plastilina se moldean en todo tipo de formas y figuras.

Ingrediente 2: Las ensaladas. Apunten la receta: «se corta un iceberg (esa bola compacta de hojas lechuguinas asfixiadas en plástico), abrimos unos botes de zanahoria rallada, otros de remolacha rallada y añadimos unas frescas latas de maíz y aceitunas». Ya tenemos el arcoíris completo, verde, naranja, rojo, y amarillo. Si a tanto deslatado queremos darle un punto de frescura, venden unos tomates de invernadero a precios asequibles todo el año. El cocinero abrelatas tiene que ser muy cuidadoso (¡es un trabajo peligroso!) para no ensangrentar los platos.

Ingrediente 3: La carne. La ganadería industrial alimentada con soja transgénica nos permite introducir kilos de proteína animal que, dicen, es imprescindible para nuestras animales digestiones. En cocina, a primera vista, esas hamburguesas color pantera rosa, parecen un poco extrañas, pero cuando los comensales la encuentran bajo un mar de kétchup, ni por mucho que se fijen observarán sus costes ecológicos y sociales.

Ingrediente 4: El pescado. Hablar de pescado en la cocina de una colectividad es ser exacto y preciso. Porque sólo un pescado traspasa las puertas: la panga o pez bagre, que después de un viaje en contenedor, que nos los trae desde contaminados ríos en China o Vietnam donde son criados, aparecen en el mármol de la cocina perfectamente laminados. La cocinera los mira, no los conoce; se imagina que forma tendría en estado vivo, no lo sabe; pregunta a su madre, -¿has cocinado esto alguna vez?, la respuesta es nunca; pues venga, vuelta y vuelta.

Y por fin, el ingrediente número cinco, la verdura.Fundamental, todas las propuestas nutricionistas hablan de la importancia de las verduras para las niñas y niños, para pacientes de hospital, para la tercera edad. Así que, como buen enfermero que se preocupa por la salud, el cocinero coge las bolsas de verdura congelada y destemporizada, las agita delicadamente, y a la olla. La salud, como las patatas y guisantes, se mantendrá bien conservada.

Así son, en la mayoría de casos los menús de muchas familias, y las dietas en muchos comedores colectivos (colegios, hospitales, geriátricos, etc.). La imposición de un modelo agrícola intensivo y globalizado ha caminado de la mano de la imposición de un modelo de consumo homogeneizado. Es decir, en la misma medida que las gentes del campo han ido viendo desaparecer su soberanía en la producción, toda o casi toda la población consumidora ha ido perdiendo su soberanía en el consumo.

Por eso es importante conectar ambas realidades y tejer alianzas entre el campo y la ciudad. Si queremos una alimentación sana, justa y de calidad necesitamos a la pequeña agricultura agroecológica –la única capaz de ofrecernos dichos alimentos. Si las gentes campesinas quieren vivir de su trabajo y producciones, con dignidad y suficiencia, necesitan de población consumidora concienciada y responsable. Una alianza para recuperar un derecho fundamental: la soberanía alimentaria.

Los chiflados | Gustavo Duch

Les llamaban ‘los chiflados’ desde hacía muchas décadas, y más de un siglo. Otros eran ‘los bermellones’, no por sus vinculaciones políticas sino porque en esa familia nacían bastantes bebés pelirrojos; la familia de la plaza eran ‘los sarus’ porque la bisabuela Sara mandaba mucho más que el  varón de la casa, rompiendo los cánones patriarcales; Carolina y sus hijos, todos dedicados a la huerta eran ‘los mugres’ por su ropas de trabajo… Y así todas las gentes de aquella comarca asturiana andaban bautizadas antes de nacer.

Según el censo y las estadísticas de la Unión Europea estaban atrasadísimos. Eran pobres ‘per cápita’, en municipios pobres, de regiones desfavorecidas, lo que les calificó para recibir apoyos en forma de proyectos de desarrollo rural, cooperación incluyente y otras brillantes ideas. Pero ni así. ‘Los chiflados’ y el resto de vecinos y vecinas de la comarca parecía que se esforzaban en no despobrecerse. Un manchurrón en los mapas institucionales.

Fue cuando llegaron los vientos modernizadores que se quedaron descolgados del progreso y el desarrollo. Les pareció que aquello de cambiar huevos, acelgas o calabazas por unos papelitos verdes y marrones con números y unas caras desconocidas no tenía ningún sentido. Y más aún, sospecharon que no podía ser bueno, así que decidieron seguir con sus costumbres amonetarias.

La cosecha del hortelano la cambiaba por las gallinas y la leche del ganadero. El dueño de las gallinas cambiaba huevos por aceite en el molino. Los salmones que pescaba el cura le permitían comer carne cuando no alcanzaba con las limosnas ni la dote del obispado. Con la doctora era sencillo, el equivalente a un cerdo anual en carne y embutidos daba derecho a todas las visitas, purgas y consejos que recetaba. Sólo para algunas cosas, como los libros de la escuela, les obligaba a recurrir al uso del dinero. Entonces el tendero del pueblo les pagaba su miel, galletas, empanadas o pimientos en conserva con esos papelitos. ‘Los chiflados’ tan locos eran, que los dineros que no necesitaban pero tenían, los guardaban bajo los colchones. No vieron nunca con buenos ojos eso de las cajas de ahorro y bancos.

Y así, siendo chiflados y pobres de remate,  llegaron los tiempos de la globalización alimentaria y el poder financiero. Y como una isla, quedaron rodeados por todas partes de crisis y crisis. La economía sin préstamos no caminaba, las familias sin sueldos poco podían comprar, y el Estado en déficit y quiebra rota nada podía ofrecer. En las ciudades necesitaban del grano producido a miles de kilómetros y el resto de comida la producían –congelada o enlatada- industrias en suspensión de pagos.

En aquella tremenda crisis, donde el paro agarró a más de la mitad de la población, donde los ahorros se esfumaron o perdieron valor y donde los médicos ya no sabían curar sin medicamentos, la vida chiflada… fluyó como siempre, intercambiando verduras, ganado, esfuerzos y saberes, todo de fabricación local, al mismo ritmo natural de siempre.

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Las crisis económicas y de los dineros, aunque parezca una contradicción o una chifladura, sólo pueden resolverse con propuestas antieconómicas, como el decrecimiento, el buen vivir o la soberanía alimentaria, que nacen con la recuperación de valores humanos olvidados. Donde existe apatía pongamos entusiasmo; donde manda la competitividad coloquemos la solidaridad; si todo es dominación demos paso a la participación; y pongamos fin al reinado de la productividad para alcanzar fertilidad social. Cambios que nos permitan a su vez enfrentar con garantías las próximas crisis que ya asoman tras las esquinas y, que sí y mucho, nos deben preocupar: la crisis climática y energética.
‘Ya no hay locos’ –decía León Felipe. Ese es el problema, ya no quedan chiflados.

El jefe de la mafia | Vicent Boix

¿Ha escuchado alguna vez la expresión “república bananera”? Seguro que sí. Incluso la habrá utilizado en algún momento para referirse jocosamente a una persona, situación o estado, más propios de un chiste que de la realidad. Ahora bien, lo que tal vez no sepa es que fue un escritor norteamericano, William Sidney Porter (O’Henry) quién en 1904 acuñó dicho término en su libro “Cabbages and kings” (“coles y reyes”).

Su biografía es muy curiosa. William laboró en un banco hasta que fue acusado de un desfalco. El día antes de su detención huyó de la justicia y sus huesos recalaron en la caribeña Honduras. Allí pasó unos años conociendo las peculiaridades y contradicciones tanto de los nativos como de unos emigrantes -yanquis sobre todo- que en aquellos lejanos parajes buscaban tejer su particular “sueño americano”. Una enfermedad de su esposa le obligaría a regresar premeditadamente a su país donde fue apresado.

La convivencia con criminales de diferente pelaje y su estancia en Honduras, inspiraron una floreciente carrera literaria que inició con “coles y reyes”; en donde brillante y sarcásticamente recrea la vida en el pequeño estado centroamericano. O’Henry fallecería en 1910 sin saber que la influencia de las transnacionales fruteras que inocente, graciosa y ficticiamente plasmó en su libro, con el paso de los años se convertiría en una cruel y triste realidad para los países de la región. 

Mientras él estaba encarcelado, en Honduras desembarcó un compatriota suyo, Sam Zemurray, quién se convertiría en magnate bananero por antonomasia y líder intelectual del “republicanismo bananero”. Llegó a controlar cientos de miles de hectáreas de bananos, medios de transporte, de comunicación, y sus tentáculos se expandieron por diferentes sectores productivos de varias naciones. Se acercó sigilosamente a políticos, dictadores y militaroides locales, a los que, dependiendo de las circunstancias engatusó, presionó, traicionó o tuvo en nómina. Dos veces de alió con mercenarios para orquestar sendos golpes de estado y su avaricia por controlar la tierra originó que tres países tuvieran disputas territoriales. Su trayectoria y visión del mundo se podría resumir en una frase que solía repetir: “En Honduras un diputado en más barato que una mula”.

A bote pronto, puede parecer que estos personajes forman parte del pasado exótico de naciones lejanas. Pero con el reciente póker de crisis (financiera, económica, ecológica y alimentaria) la historia parece volver a repetirse, al menos en sus capítulos más estrambóticos y deleznables.

Se sabe que los precios de la comida han aumentado, como sin duda crecerá la demanda de alimentos y agrocombustibles en un mundo que ya soporta a 7000 millones de habitantes. Los fenómenos extremos asociados al cambio climático (inundaciones, sequías, etc.) están alterando los patrones productivos agrícolas lo cual genera más incertidumbre. Y en lugar de buscar luz en este global desaguisado alimentario, algunos lo que han visto es un gran negocio. Ya se ha escrito sobre el reciente fenómeno del acaparamiento de tierras, por el cual inversores y estados han comprado o arrendado grandes superficies de terrenos especialmente en África, con el objetivo de poder controlar la producción futura de alimentos y sobre todo de agrocombustibles. Este acaparamiento ha originado que decenas de miles de personas hayan sido ya expulsadas de sus tierras y despojadas de sus medios tradicionales de subsistencia.

Entre toda esta fauna financiera, hay un personaje más propio de las novelas de O’Henry, pero que además de ser real, aspira sin complejos a suceder a Zemurray. Se trata de Philippe Heilberg, presidente de Jarch Capital, un fondo de inversión neoyorquino que está interesado en arrendar 800.000 hectáreas en Sudán del Sur (el estado más joven del mundo desde que se independizó en julio de 2011).

En su propia web, Jarch Capital reconoce que apuesta por las oportunidades de inversión en países débiles de África que pueden sufrir modificaciones en sus fronteras. Dicho de otra manera, Jarch se acerca cuidadosamente a las zonas en tensión, permanece a la expectativa y cuando finaliza el conflicto intenta penetrar para aprovecharse del nuevo y flagelado escenario político. Así hizo en Sudán del Sur. Primero estableció contacto con Paulino Matip, militar señalado de numerosas atrocidades durante la sempiterna guerra civil. Luego esperó los acontecimientos y ahora tocar recoger los frutos. El militar ya ocupa un cargo relevante en el nuevo estado y trabaja de intermediario y “asesor” para Jarch Capital.

Heilberg ha reconocido en los medios que olisqueó el dinero tras el desmembramiento de la Unión Soviética, y se dijo a sí mismo que la próxima vez estaría dentro. Ya se alió con personajes de dudosas credenciales en Etiopía, Nigeria y Somalia. Pero no se avergüenza. Se ve así mismo como un visionario y sin titubear afirmó en una revista que “Esto es África (…) Todo es una gran mafia. Yo soy como un jefe de la mafia.”.

Vicent Boix es investigador asociado de la Cátedra “Tierra Ciudadana - Fondation Charles Léopold Mayer”, de la Universitat Politècnica de València. Autor del libro El parque de las hamacas.

¿Alguien sabe dónde encontrar otro planeta Tierra? | Vicent Boix

Ya lo avanzaron las novelas y las películas de ciencia ficción. Repelentes extraterrestres con cuerpos desproporcionados que, gracias a un desarrollo tecnológico superior al del humano, invadían el planeta doblegando a los seres vivos con el único objetivo de expoliar los recursos y poder subsistir. La realidad, en verdad no dista tanto de la ficción, aunque los invasores no son precisamente grotescos siderales cobijados en grandes OVNI’s que viajan por constelaciones a la velocidad de la luz. De hecho, no hay ni que salir de la Tierra. Cierta élite de seres humanos, desde hace siglos invade y aplasta a otros más indefensos con el propósito “marciano” de robar sus recursos naturales y perpetuar su nivel de vida.

Es más cómodo mirar a otro lado, despreocuparse y pensar que la humanidad, con su raciocinio innato, acabará encontrando la solución a los problemas ambientales. Pero lo cierto es que la Tierra ya hubiera colapsado, si todas las personas del planeta consumieran recursos al ritmo que lo hacen los países con ingresos más altos. Esto aún no ha sucedido de forma irreversible y grave, porque el aparente equilibro ambiental se sustenta en un injusto desequilibrio social: una minoría económicamente más avanzada consume los recursos de la mayoría.

Esta es la conclusión tras ojear informes de la Global Footprint Network, organización que desde hace años se encarga de medir el impacto del ser humano en el medio ambiente. Lo hace elaborando un indicador denominado “huella ecológica”, que se expresa como la superficie necesaria para producir los recursos naturales consumidos por una persona. Aún tratándose de un indicador limitado, proporciona datos bastante elocuentes sobre la realidad ecológica a nivel nacional, regional o mundial.
Según un estudio publicado en 2010, la “huella ecológica” global era de 2,7 hectáreas por habitante. Por el contrario, la “biocapacidad” (recursos reales disponibles en el planeta por superficie y ciudadano) fue calculada en 1,8 hectáreas por persona. Es decir, de media, el ser humano está consumiendo una hectárea más de recursos de los realmente disponibles, lo que se traduce en una sobre explotación del planeta que puede tener consecuencias drásticas.

Lo curioso y triste a la vez, es que el 15% de la población, situada en naciones con ingresos altos, en conjunto consume 6,1 hectáreas por habitante cuando su “biocapacidad” es de la mitad. Si este patrón se repitiera a nivel mundial, sería perentorio conquistar otro planeta idéntico a la Tierra para poder expoliar sus recursos y mantener el ritmo de vida occidental. Por el contrario, la “huella ecológica” del 85% restante es prácticamente idéntica a su “biocapacidad”, o sea, la gran mayoría del planeta vive sostenible y respetuosamente con el medio ambiente. Sólo un 15% desequilibra la balanza, que mínimamente equilibra gracias al consumo de recursos ajenos.

La “huella ecológica” de un ciudadano de un país con ingresos medios o bajos es de 2 hectáreas, que resulta ser cuatro veces menor que la de estadounidense, cinco veces más pequeña que la de un qatarí y dos veces y media inferior a la de un ciudadano español, que necesitaría tres “españas” y media para poder satisfacer sus necesidades.

Según el Global Footprint Network, el pasado 27 de septiembre el planeta entró en déficit ecológico. Los recursos disponibles para este año fueron agotados en menos de 9 meses y los que se consuman hasta final de año son recursos que el planeta no puede producir, contaminantes que no puede absorber, etc.
A pesar de ello, ninguna autoridad política está interesada en poner límites a un modelo de crecimiento cimentado en la desigualdad y en la destrucción del medio ambiente. El asunto tiene mala pinta, a no ser que la NASA se espabilé y pueda construir naves espaciales que permitan la conquista de otros planetas como la Tierra. O eso, o levantar el pie del acelerador.

Vicent Boix es investigador asociado de la Cátedra “Tierra Ciudadana - Fondation Charles Léopold Mayer” de la Universitat Politècnica de València. Autor del libro El parque de las hamacas.  

Muertes globales | Gustavo Duch

Frente a la pantalla del ordenador, mientras toma su primer café, estudia los índices bursátiles. Las deudas soberanas europeas son poco fiables, la bolsa sigue en caída libre y el petróleo es demasiado inestable, han habido hallazgos inesperados. ¿Dónde invertir? Las curvas de los granos básicos están, a su gusto, demasiado planas.

Toma el teléfono y en segundos las agencias de prensa ofrecen nuevos titulares: graves sequías en países asiáticos; un informe de una agencia internacional alerta de un próximo déficit de alimentos en un Planeta de 7.000 millones de personas; se constata un importante aumento del consumo de carne; en Europa se estudia incrementar el uso de agrocombustibles…

Se anuda la corbata para salir al despacho a pocas calles de la central de Bolsa en Chicago, y de reojo vuelve a mirar la pantalla. Sonríe, la curva de los precios del grano apunta ya claramente hacia arriba.
La misma gráfica está ya en las computadoras de todo el Planeta. Se disparan las operaciones (y las operaciones conllevan disparos). Fondos de inversión de Goldman Sachs compran tierras agrícolas en Indonesia, Camboya y Uruguay; Cargill y ADM deciden retener grano en sus almacenes, pues en breve su precio se doblará; y en Argentina los terratenientes como José Ciccioli quieren agrandar sus propiedades donde cultivar soja… y dan instrucciones.

Ya es la hora de comer, toda la familia está en su rancho de Santiago del Estero (Argentina). Crisitian Ferreyra, éste pasado 16 de noviembre, ha invitado a tres compañeros del movimiento campesino que les aglutina (MOCASE-Vía Campesina). Les preocupa el avance de los inmensos monocultivos de soja que a tantos campesinos y campesinas de la zona están expulsando violentamente de sus tierras; y cuestionan el papel del gobernador Zamora y del poder judicial que todo lo permite.

Sin darles tiempo a reaccionar dos sicarios al servicio de los empresarios sojeros derrumban la puerta e increpan a Crisitian ― ¿Quién te crees que sos? Cristian no duda ― Somos los dueños de esta tierra, aquí vivimos, ¿ustedes quiénes se creen?

Dos balas globalizadas, dos disparos capitalistas,  acaban con los veinticuatro años de Cristian.
Algunos diarios lo desmienten pero la especulación le asesinó.

Costas de vida y muerta | Gustavo Duch

Nos recibe en su despacho, un pequeño bar-restaurante de Camelle, rincón gallego y marinero en la Costa da Morte. Las paredes se adornan con unas pocas fotografías del puerto en los años cincuenta y de aquél petrolero que en frente se partió. Despacho profesional, porque esa es su profesión, marinero de las profundidades.

Si recorres su cuerpo doblado como los eucaliptus de los montes que visten el cabo donde nació (nunca fue más lejos que A Coruña), observas muñones donde deberían existir sólo articulaciones. Delatan la dureza de la compresión/descompresión propia y repetida del oficio de buzo recolector de erizos de mar. Al levantarse para acompañarnos hasta la costa, el bastón que le ayuda, explica sin necesidad de ver, que los pies y rodillas estarán seguro en las mismas condiciones.

Paco con 57 años y tanta artrosis sigue activo. ―Me gustaría llegar a la edad de la jubilación para tener una pensión digna, ―nos explica. Aunque ―puntualiza― tengo un buen trabajo y soy rico pues dispongo  en usufructo del Sol que sale para mí sin falta.

Alcanzamos el dique nuevo que un político clientelista ‘les construyó’. Paco quiere que conozcamos a su amigo Man (‘el Alemán’). Un pequeño y muy delgado ser que durante más de cuarenta años allí habitó, en una caseta frente al mar, sin nada excepto un taparrabos, millones de olas y rocas con las que hizo un jardín de ranas inmóviles, cangrejos gigantes de piedra o montañas cubistas, en ofrenda a la mujer amada.
Paco señala una roca teñida de negro y nos recuerda que en estos días se cumplen nueve años del chapapote, del Prestige, de las gaviotas muertas, de los hilitos de plastilina y de una crisis que Mariano Rajoy ―ese que dice nos sacará de la crisis, no supo resolver. Y las crisis ecológicas ―esas nos afectan ahora y después.

Man decidió morirse el día de los Inocentes del 2002, pocos días después del gran vómito petrolero del Prestige. ―Sus esculturas ―dice Paco― adoptaron un color negro muerte que él, inocente, no imaginó jamás.

Mundo rural, ¿cuarto mundo? | Marta Michelena

En los artículos anteriores hemos analizado las medidas que se adoptan desde la Política Agraria Común, reafirmando la necesidad de su existencia para proteger un sector clave para el ser humano, la alimentación.

La PAC se mantiene como uno de los pilares claves en la construcción de la Europa común; pero ¿conocemos macroeconómicamente cuál es la situación del mundo rural Europeo? Recientemente la UE ha publicado el informe Poverty in rural areas of the UE (Pobreza en las zonas rurales de la UE) del que presentamos los datos más significativos:
  • En Europa, hay más de 80 millones de personas que viven por debajo del umbral de la pobreza de un total de 740 millones de personas, lo que significa que 1 de cada 9 personas en Europa es pobre.  Y si rascamos un poquito más, encontraremos que una tercera parte pertenecen al mundo rural.
  • Aunque en números absolutos el mayor número de personas pobres se encuentra en zonas densamente pobladas, es en las zonas rurales donde se da la mayor proporción en comparación con otras zonas..
  • Las mujeres son las que mayores índices de pobreza sufren en las zonas rurales. Es lo que se conoce como feminización de la pobreza.
  • Por franjas de edad la pobreza en el mundo rural, 25’7 millones de personas, un 20% es gente joven, un 59% son personas entre 15 y 64 años, y el 21% restante es población mayor a los 65 años.
  • El mundo rural también destaca negativamente por ser donde menos oportunidades profesionales se presentan para la juventud.  
  • Desde 1990 el empleo agrícola en la Europa de los Quince ha experimentado, de forma prácticamente universal, una tendencia a la baja, con una reducción promedio del 2-3% cada año, lo que significa una reducción de la mano de obra agrícola de 340.000 personas al año o, lo que es lo mismo, más de  40 personas campesinas menos por hora año tras año.
  • Según la UE, en la mayor parte de las zonas rurales, el sector primario proporciona menos del 10 % del empleo total. Sin embargo, otras zonas rurales —en particular las de los países de Europa Central y Oriental (PECO) (Bulgaria, Eslovenia, Letonia, Lituania, Polonia y Rumanía), así como en la parte meridional de la Europa de los Quince (España, Grecia y Portugal) — dan empleo en el sector primario a más del 25 % de la población activa.
  • En países como Rumania, Bulgaria o Eslovenia se ha incrementado la mano de obra en el campo y se ha expandido la agricultura de subsistencia, que actúa como amortiguador social. Un pobre en una ciudad, puede llegar a pasar hambre. Un pobre, en el campo, nunca pasará hambre – si las tierras le pertenecen-.
  • Los principales elementos que caracterizan la pobreza en las zonas rurales según la UE, son la emigración y el envejecimiento de la población, unido a una tasa de natalidad reducida; la dependencia económica ligada a la agricultura y por tanto bajos niveles de ingresos (datos de Alemania hablan de ingresos alrededor de los 850€ mensuales por activo agrario; y un 60% del campesinado, pos su situación, recibe apoyo social) y trabajo estacionario; y  las malas infraestructuras.
  • España es, de los 15 países que primero entraron en la UE, el que bate récords en porcentajes de población en riesgo de pobreza en las zonas rurales: lo bate con las mujeres, lo bate con los jóvenes y lo bate con la población de edad avanzada, juntamente con Grecia. 

Profesiones | Gustavo Duch

Cuando sólo era un tierno brote verde pensaba y repensaba que le gustaría ser de mayor, por eso era tan preguntón con sus parientes mayores. – ¿Cómo te fue con tu vida? ¿Cuéntame otra vez aquella aventura? ¿De verdad que fue así? Coleccionaba en su diario todas esas andanzas para después confeccionar  una lista con las cosas que le gustaría ser y las que no.

Cosas que me gustaría ser:
  • Ser frutero y que los niños y niñas me trepen y me sisen mis manzanas, mangos o aguacates.
  • Ser la sombra de reuniones clandestinas donde se piensen revoluciones.
  • Ceder mi tronco para que garabateen en él corazones de amor eterno.
  • Ser las ramas de muchos nidos.
  • Ser las ramas de la cabaña de Tarzán.
  • Ser, en cada amanecer, el abrazo de borrachines solitarios.
  • Ser apartamento de ardillas y pájaros picapinos.

Cosas que no me gustaría ser:
  • Ser el árbol que da la rama donde anudan la soga del ahorcado.
  • Ser cortado joven para agonizar lentamente emperifollado con bolas de colores, guirnaldas y una estrella navideña en mi copa.
  • Ser centenario, pasando cien años de soledad, huérfano en un monocampo de maíz.
  • Ser olivo palestino sitiado y prisionero, lejos de mis cuidadores campesinos.
  • Ser talado, tritutarado y reducido a celulosa, que procesada como papel será vendido a miles de kilómetros de mi bosque.
  • Si me gustarán los viajes largos…en lugar de raíces tendría alas.

Tratado sobre patologías alimentarias | Gustavo Duch

La alimentación, cuando existe, debe ser fuente de nutrición y salud: de vida. Pero en la medida que avanza un modelo único, global e industrializado para producir, transformar y consumir alimentos, aparecen una serie de síntomas que alertan de todo lo contrario. Son síntomas patognomónicos, es decir, manifestaciones percibidas por el paciente y que un buen médico sabe reconocer, que aseguran que el sujeto padece un trastorno clásico de la alimentación de nuestros días. A saber:

Sofocones: cuando la temperatura de nuestro cuerpo supera sus valores normales, cuando empezamos a transpirar, jadear y sacar la lengua. Cuando la ropa nos sobra y buscamos las sombras de los árboles, cuando el abanico nos acompaña a todas partes, cuando en toda España en Octubre vamos en manga corta, ¿estamos ante problemas hormonales o sufrimos una epidemia de fiebres tifoideas? Pues no, estos síntomas, corresponden si duda alguna  a  un calentamiento del Planeta que compromete (y esto sí es una crisis en mayúsculas) la posibilidad de la vida, afectando inicialmente a las poblaciones del Sur. Como viene insistiendo La Vía Campesina a partir de los estudios de la organización GRAIN (recientemente galardonada con el Premio Noble Alternativo 2011) al menos un 50% de las emisiones de gases CO2 con efecto invernadero provienen del sistema alimentario global: cultivamos con petróleo, transportamos y conservamos en base a petróleo, para finalmente comer plásticos con sabor a petróleo.

Taquicardias: cuando estando tranquilamente en tu puesto de trabajo, frente a la televisión o paseando por el campo, irrumpe en tu vida un buen susto, el corazón y sus palpitaciones se disparan. Te llevas la mano al pecho y respiras hondo, podría ser un principio de ataque de ansiedad. ¿Has comido tú en los últimos días pepinos de esos que acaban de salir por las noticias? ¿Has estado tú los últimos días en ese restaurante sospechoso? Las periódicas alarmas alimentarias es lo que tienen, que nos aseguran un sobresalto tras otro. Cuando conoces con más detalle el cómo se ha llegado a una de estas crisis, a la aceleración cardíaca se le suma un brote de irritaciones en todo el cuerpo como consecuencia directa de la indignación que te causa. Y más cuando sabemos que todos estos riesgos alimentarios podrían minimizarse si cambiáramos a un modelo de alimentación local, a pequeña escala y agroecológico.

Debilidad: cuando las digestiones son muy pesadas y te sientes débil para ponerte en marcha, actuar o ser, puedes creer que tu organismo está caduco o enfermo. Pero no, en realidad es que ningún organismo humano está preparado para alimentarse con tantos kilos de carne, y toneladas de azúcar y grasas. Es la dieta ‘moderna’. Dicen que se produce mucha carne porque la población consumidora así lo exige. No es cierto, nos pasan la pelota de la responsabilidad. Se consume mucha carne porque detrás de este consumo hay muchas ganancias a repartir: las corporaciones de piensos y sojas, las corporaciones de la genética animal, las integradoras de engorde, las grandes superficies, etc. La población consumidora se debilita en su obesidad, y el mundo rural se debilita con la desaparición de miles y miles de familias que gestionaban pequeñas fincas agroganaderas.

Flaqueza del cuerpo y del espíritu. Así se encuentras millones de seres humanos a los que les han robado el derecho a la alimentación: han sido expulsados de las tierras, o les dejan las parcelas más inapropiadas; se les impide el acceso al mar donde pueden pescar; se condenan endeudados por la compra de semillas transgénicas y sus pesticidas correspondientes; etc. En barracones sembrados por las periferias de las urbes o en campamentos de refugiados no pueden cultivar su alimentación, son simplemente, receptores de limosnas.

Y un llanto permanente se diagnostica en toda la parroquia que espera la atención del oftalmólogo. Podría tratarse de una conjuntivitis alérgica pero hay poco polen esta primavera. De hecho, y por eso tanta pena, hay pocos árboles en el planeta. La agricultura intensiva se ha encargado de su sacrificio para ganar tierras que serán monocultivos de cereales para los animales o para los automóviles. Y la poca vegetación que se mantiene está contaminada por herbicidas en el suelo y muchos humos en la atmósfera. Por eso lloramos, por la Madre herida.

Por Gustavo Duch y Jerónimo Aguado

Lo que engorda, mata | Gustavo Duch

Busquemos de nuevo las causas del hambre en el planeta Tierra. La crisis en el Cuerno de África nos obliga a ello y, ciertamente, tenemos acceso a informaciones claras y concluyentes que relacionan esta nueva hambruna a realidades no climatológicas, porque hasta la sequía imprevista responde a un cambio climático producido por una civilización industrial lejana y ajena a las personas allí sobreviviendo. La especulación alimentaria, la marginación de la agricultura campesina y autóctona de la zona, el acaparamiento de las mejores tierras por capitales extranjeros, la imposición de cultivos para la exportación, etc. son –repetidas- las peores catástrofes inventadas por la codicia del ser humano.

Y ahora que las tenemos ubicadas, ¿cómo las enfrentamos? Evidente, en primer lugar y con toda la energía posible, el análisis llama a una acción política -la soberanía alimentaria- para contrarrestar y evitar más hambres, más pobreza a cambio de tantas riquezas y de tantos empachos. En segundo lugar, y se insiste mucho en este tema, con nuestro consumo individual con el que también podemos ‘ejercer’ solidaridad. Efectivamente, tenemos fórmulas e iniciativas a mano para un consumo responsable: recuperar los mercados campesinos, las cooperativas de consumo, la alimentación de temporada y ecológica, etc. Y una, muy poco expuesta, difundida y defendida (quizás por ser de cajón, quizás porque está devaluada en nuestro pensamiento, quizás por recordar tiempos de penurias aún recientes, quizás por estar envuelta muchas veces con tintes religiosos) que, pienso, hay que recuperar: ‘la frugalidad’.

Las últimas décadas de nuestra civilización se ha rendido a los buffets para atiborrarse a precio fijo; a las comilonas en días festivos y el empacho posterior; a las bacanales de calorías en cruceros, bodas y comuniones; a las palomitas y refrescos de tamaños XXL; al compre dos y llévese tres; y en definitiva, al culto desmedido a comer sin medida.

Pensemos, no sólo en una cuestión de nuestra salud (la obesidad es un grave problema en nuestras generaciones) sino también en lo que representa. Porque en un planeta finito donde los recursos para producir alimentos son limitados (tierra fértil, agua de riego, energía, etc.) los abusos y excesos para unos estómagos son finalmente alimentos que otras personas no podrán llevarse a la boca.

Sí, ciertamente, parece como cuando de pequeño no quería comer alguno de los platos de mi abuela y ella  me decía, -cómetelo por los niños pobres de África, y yo no me imaginaba mi potaje de garbanzos viajando a Etiopia. Pues la abuela tenía razón. Y mucha, porque compartimos un planeta con un único metabolismo global. No es que el potaje viaje de Norte a Sur, es que la ración de merluza exagerada que nos preparamos puede provenir perfectamente de Namibia, donde se pasa hambre. Y si nos sirven un bistec enorme que es imposible de atacar, esa ternera ha estado alimentada con soja sudamericana en tierras que ya no producen comida para las gentes locales. Y así con mucha y mucha comida que acabamos desperdiciando. Exactamente, según estudios encargados por la FAO, cerca de un tercio de los alimentos que se producen cada año en el mundo para el consumo humano  se pierden o desperdician. Se desperdician porque ‘no puedo más’; porque se compra para muchos días y se echa a perder; o por las normativas de caducidad. Se pierden muchos alimentos antes de ser comidos  porque no dan la talla o el color exigidos por los supermercados o porque la cadena entre productor y el consumidor es tan larga que mucha comida perece en el intento.

Así pues, añadamos a nuestro catálogo de consumidores y consumidoras responsables la frugalidad, el comer lo justo y suficiente. Expulsar la cultura del despilfarro comestible. Porque, mientras no desmembremos este  sistema alimentario totalitario, lo que engorda, mata.

El incalculable valor de la tierra | Gustavo Duch

«Aún llegaba el olor de incienso desde la alcoba donde el cuerpo de  nuestro padre Aufrasio fue despedido por toda la familia, cuando madre nos llamó. Hacía más de 25 años que no estábamos los ocho hermanos juntos –no queríamos fosilizarnos como aquel pueblo decadente al norte seco y ventoso de Zaragoza. Madre fue contundente:  “Quiero que lo tengáis bien claro, cuando yo falte, igual que dejó dicho vuestro padre, la tierra agrícola que tenemos no se deberá vender. Nos ha dado de comer muchos siglos, os ha criado a todos vosotros y por eso la quiero como a uno más”. Y eso nos dijo ella que, siempre atareada en casa con la comida, la ropa y nuestro cuidado, nunca la vi pisando nuestros campos. Ni creo que sepa dónde están. Y tuvo razón la vieja, hoy sigue dando sustento a Pedro y su familia que decidieron volver al pueblo».

«Tomó las últimas semillas que guardaba de la cosecha pasada y con paciencia las fue moliendo frente a su cabaña, cerca de Werder en los lindes entre Etiopía y Somalia. Al acabar, Negisiti, que ha enterrado a dos hijos y tres nietos por el virus del sida, empezó a cocinar su harina. Bajo sus faldas correteaban tres niñas atraídas por el aroma y el hambre de semanas cuando sorprendentemente Negisiti recogió el alimento y lo mezcló con sus manos entre la tierra unos metros más allá. “Hijas, pidamos a nuestra tierra para que interceda por nosotros y que los creadores hagan llover pronto”».

«Publia fue como siempre la primera en despertarse. Apenas había dormido esta vez, cavilante. Encendió el fogón para dar a su esposo Flore y sus seis niñas y un niño una taza de café antes de marchar. Café del que recogían en su finca, café robusta, secado al sol del verano. Tenían esa noche un largo camino por delante: el trecho a pie que les separaba del río a través del monte, llegar al pueblo en bote y allí esperar al bus que llegaba de recoger campesinos y campesinas de comunidades todavía más remotas. Publia fue despertando a su familia: las niñas mayores la ayudaban. Guardarían las mejores ropas, esas que reservaban para ocasiones muy especiales, para cuando llegaran al bus y no pudieran estropearse, lo mismo los zapatos, que nunca usaban. Marchaban a la ciudad a defender sus tierras, las que iban a ser inundadas si se aprobaba el proyecto de ampliación del canal de Panamá. Cuando lo cruzaron durante el viaje, a la tenue luz del amanecer, las hijas mayores de Publia se pegaron a la ventana: nunca antes lo habían visto. Publia opinó “El río Indio es mucho más bonito”».

En nuestras reuniones de La Vía Campesina[1] se comparten muchas vivencias como estas –de todos los continentes–  y con la tierra cultivable como protagonista, porque para nosotras y nosotros campesinos, ella no es sólo nuestro modo de vida, es, como nos trasmitieron nuestras madres y padres, el principio de todo.

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La berrea: la naturaleza está de moda | Guadalupe Fernández de la Cuesta

El día amanece engalanado con jirones de nieblas bajas que visten de tul los barrancos asomados a los arroyos. Se presiente un día espléndido y hay que aprovechar. El paseo es despacioso y con ganas de enamorarse del paisaje. Surge la caricia de un viento fresco que no daña y la mirada se turba ante esa danza sensual de nubes que rompen al sol y salpican las cumbres de coágulos amarillos. Nuestros pasos se acomodan al silencio del paisaje y mudamos las palabras para espabilar los sentidos, por si acaso. Es posible que se produzca esa aparición mágica de algún ciervo encelado que lo trae en un sinvivir. Ya nos pasó otra vez ¿te acuerdas? Vimos a una manada de cinco ciervas cruzar veloces el camino, muy próximas a nuestros pasos, sin saber ellas que nos habían paralizado el aliento. Fue una ráfaga de gloria. Y una imagen para el recuerdo.

 Levanta la niebla y el camino se dibuja diáfano por entre los matorros. Se escucha el rumor del río y nos envuelve una claridad lechosa en un abrazo cándido, inmaculado. De pronto, unos berridos de ciervos con el celo de la mañana rompen el silencio. No paran. Cómo están hoy, nos decimos con cierta sorna, ya veremos cuando llegue la noche. Escrutamos los claros y no se dejan ver. Lástima. Volveremos sobre nuestros pasos al atardecer para observar la escena de sus conquistas amorosas.

 Ahora sí. Cuando el sol dibuja su bocado de despedida vemos en los linderos del pinar a dos ciervos separados uno de otro que agitan nerviosos su cornamenta. Y nos imaginamos su historia de rivales en el amor. Seguro que estarán marcando su territorialidad con su orín, escarbando el suelo porque cualquier método es válido para sembrar su ADN.  Con sus berridos atraerán a las hembras hasta formar su harén. Y se retarán, claro, contra los intrusos, altivos ellos, majestuosos, con las astas levantadas al claro de la luna proclamando a los cuatro vientos su naturaleza de macho poderoso, hercúleo, imponente. Es ahora cuando surgirá la lucha con pundonor, cumpliendo las reglas de un combate limpio entre ciervos enamorados.

Entrechocarán sus astas y aún no se darán por vencidos hasta que al final, exhaustos y casi desfallecidos, uno de ellos erguirá su cabeza para proclamar su victoria sobre otros menos dotados. Así los vemos nosotros, o así los imaginamos cuando asoman y desparecen por entre los troncos de los pinos.
Desde nuestra atalaya escuchamos el acorde melódico de una berrea que aturde y embelesa. Son, en mi imaginación, las trompas, trombones y la tuba de una orquesta sinfónica interpretando, por ejemplo, “La Cabalgata de las Walquirias” de Richard Wagner ante un auditorio absorto y emocionado. Desde nuestro anfiteatro intuimos al vencedor en la fanfarria final con el canto victorioso del bajo. Un berrido triunfal para las hembras receptoras y sumisas. A veces, en los amaneceres, el vuelo de algún buitre levanta acta de despedida de algún ciervo apasionado que rinde a la Naturaleza su ciclo vital. Nacerán otros cervatillos en la primavera, en medio de toda prudencia y discreción, cuando los grandes machos vaguen sin defensas por la sierra.

La Naturaleza está de moda. Aplaudo aquellas iniciativas, como la de la Casa del Parque de las lagunas glaciares de Neila, que programan actividades para un encuentro real con la “berrea” de los ciervos. Y nos quedan muchas tareas sin hacer para el desarrollo de un turismo rural sostenible. Pues eso: que ya sonó la campana.

Dame pan y dime tonto | Vicent Boix

Durante seis días de la semana su despertador está programado a las dos de la mañana. A esa hora la mayoría estamos atrapados por los encantos de Morfeo, pero Ramón se levanta fielmente y sin rechistar. Legañoso llega al cuarto de baño donde una ducha lo acaba situando en el nuevo día que comienza. Se viste con su ropa de faena, baja por las escaleras apresuradamente y cruza la calle hasta llegar a su panadería. Allí le espera su ayudante, Manolo, que le indica que la noche veraniega está siendo poco generosa con la temperatura, y por tanto, esta madrugada se sudará la gota gorda al lado del horno.

A las seis de la mañana alguien llama a la puerta trasera que da justamente a la sala de fabricación. Ramón deja de amasar y cubierto con una capa de harina abre la puerta. Es Silvia, la encargada de una empresa de embutidos situada en una localidad colindante, que todos los días compra una barra de pan artesano para poder almorzar en el trabajo. Ella siempre repite, que pocas cosas existen como un buen bocado del pan recién hecho que paciente y concienzudamente prepara Ramón. Para Andrea, un oasis en el desierto laboral, que le permite escapar de la realidad protagonizada por el estrés, las reprimendas de su jefe Enrique y el agobio por si la nómina no se ingresa a tiempo.

Ramón lleva treinta años repitiendo la misma rutina y recibiendo alabanzas de una cada vez más mermada clientela, que degusta día tras día ese pan crujiente único e incomparable. Él se muestra feliz, sonriente y bromista, pero dentro de su ser el cansancio y la desazón se van apoderando. Muchos años cumpliendo cabalmente con un trabajo exigente que lo sumerge en un horario agotador, mientras observa impotente como los tiempos cambian y la reciente crisis económica ha torpedeado el futuro de su pequeño negocio. Muchos clientes de antaño pasan de largo a la siguiente calle, donde en un supermercado compran el pan a mitad de precio. La calidad no es comparable, pero estas personas, si hay que apretarse el cinturón, prefieren hacerlo en la comida y no en el teléfono móvil de última generación.

Respetable dice un resignado Ramón, mientras que una comprometida Silvia se despide hasta la madrugada siguiente con un escatológico “Dime qué comes y te diré quién eres”. Manolo cierra la puerta trasera pensativo y le recuerda a su jefe los nuevos ajustes laborales y sociales que anunciaron en el telediario de anoche. Los ricos más ricos y la mayoría más pobre. A este paso, él acabará sucumbiendo ante la dictadura de la banca y comprando el pan en el supermercado de la calle cercana.

Tras una pausa cargada de pesadumbre, Manolo le explica que recientemente vio un par de anuncios de dos grandes empresas que venden pan de molde, que según la propaganda pagada a los medios, están fabricados con estilos y aromas artesanos. Por primera vez en la madrugada Ramón se extraña y frunce el ceño. Piensa en los ejecutivos de esas compañías ¿Se levantarán a las dos de la mañana para cargar los sacos de harina y amasarla? ¿Sacarán el pan del horno con una pala, como hace el panadero artesano de toda la vida?

No hay respuestas y el sigilo se impone, hasta que Manolo abre otro saco de harina y rompe el triste silencio. Interroga a su jefe sobre la fórmula maravillosa propia del druida Panoramix, que permite que un pan “artesano” permanezca comestible durante días y semanas. Pero Ramón ya no hace caso. Se siente ultrajado y piensa si alguien llegará a creerse lo del pan de molde estilo “artesano”. El mercado y las grandes superficies le han quitado a muchos clientes pero ¿Podrán usurparle esa denominación propia de un duro oficio que aprendió de su difunto padre?

Amanece ya y Manolo, sin mala fe, sigue echando leña al fuego y advierte que algo similar está pasando con la horchata. Una empresa que la elabora industrialmente la denominó este verano como “maestro horchatero”. Es más, en su anuncio televisivo, hizo pasar su líquido embotellado como horchata artesana.
Al escuchar esto a Ramón le vienen al recuerdo dos anuncios más, en donde una empresa cervecera y otra de comida rápida, aprovechando el periodo estival, presumieron de vender sus productos en varios países. Piensa en los negocios y artesanos locales que sucumbieron ante la globalización alimentaria, a la vez que le parece contradictorio que se recurra a la diversidad lingüística y cultural para promocionar la uniformidad gastronómica. Asevera mosqueado en lo aburrido que sería dar la vuelta al mundo y encontrarse, en cada ciudad, siempre con el mismo museo, las mismas catedrales y a la gente hablando una misma lengua.

Manolo ya nota demasiada solemnidad y las palabras de su jefe se oyen ligeramente entrecortadas. Espera tranquilamente y cuando las aguas parecen volver a su cauce pronostica en voz alta que el Madrid de Florentino, este año, tampoco ganará nada. Pero de poco sirve cambiar de tema porque Ramón está en su mundo, del que sólo sale a las ocho y media, cuando llega su mujer a abrir su negocio, o lo que es lo mismo, una panadería artesana de las de verdad.

Vicente Boix, escritor, autor del libro El parque de las hamacas.

El búnker | Gustavo Duch

Michael es tremendamente fatalista. Cuando conoció los peligros de la energía nuclear construyó en los bajos de su casa un refugio nuclear. Como teme a los ladrones tiene también una habitación del pánico. Los alimentos y productos de limpieza que compra y utiliza para su familia llevan etiquetas de cien por cien ecológicos no sea le entre una toxoinfección en casa; y el agua corriente pasa por un doble sistema de filtro y depuración.

Pero Michael no está preparado para todo, porque Michael, como la mayoría de personas de los países industrializados, nos alimentamos en un sistema global muy vulnerable, del qué poco conocemos. ¿Si supiera Michel que cualquier día nos pueden cortar el suministro de energía, se instalaría unas placas solares autónomas? ¿Si supiera que nos pueden cortar el suministro de agua, recuperaría el agua de lluvia y el viejo pozo del jardín? ¿Y si supiera que el supermercado se podría quedar vacio, sin comida, atiborraría las despensas de latas de conserva y embutidos? No sería una solución acertada a largo plazo, claro, pero de todas las pesadillas que aterran a Michael, seguramente la menos improbable sea precisamente esa última: el desabastecimiento de comida, sobre todo en las ciudades.

La alimentación urbana hoy por hoy está totalmente desconectada de la producción de alimentos;  la producción de alimentos que abastece a las ciudades es totalmente dependiente de energía fósil; y la energía fósil no es infinita (la regla del tres). Cuando el déficit de petróleo y gas natural sea más patente (o cuando alguna crisis estratégica nos deje sin suministros) el precio de la energía será progresivamente más elevado. De hecho se puede observar una correlación directa entre el precio del petróleo y los costes de los alimentos que, de naturaleza industrial y no campesina, se producen con pesticidas y fertilizantes derivados del gas y del petróleo; que se han sembrado, regado y cosechado mecánicamente; que han viajado en barco, camión o avión; y que guardamos en frigoríficos que calientan el planeta.

¿Qué  puede hacer Michael y sus monomanías para protegerse ante tal descalabro? Como dicen algunos textos, también los individuos y las familias podemos empezar a introducir una agricultura y alimentación de transición,  que vaya acercándonos progresivamente a una alimentación de bajos o negativos costes energéticos.
Cinco ideas: 
  • Revisar la despensa y la nevera y analizar cuánto petróleo vemos en ella. Cuántos envases y  paquetería observamos, cuántos alimentos kilométricos nos abastecen, cuántos dependen de una cadena de frío, cuanta carne aparece…para tenerlo en cuenta.
  • Revisar la nota de la compra…y nos sorprenderemos que comparado con otros capítulos de nuestros gastos no es este uno de los más sangrantes, de forma que no es mala idea empezar a desviar partidas de nuestro presupuesto del capítulo de lo ‘innecesario’ al capítulo de lo ‘vital’.
  • Repensar los menús en base a la sostenibilidad, es decir, pensar en nuestros hábitos de compra, en nuestra forma de guardar y preparar la comida, incluso del modo de vida que nos lleva a tener o no tiempo para cocinar.
  • Rebuscar cerca de dónde vivimos alguna cooperativa o grupo de consumo que ya están abasteciéndose de productores locales; o localizar mercados de campesinos.
  • Ruralizar la casa, es decir dedicar las macetas, el jardín o la terraza a cultivar una parte de lo que requerimos. O participar de un huerto comunitario en ese terreno abandonado del barrio.
 Esto más o menos, o confiar en un milagro que –Michael lo sabe- no se dará.

¿Qué puedo hacer yo para conservar la biodiversidad?

A pesar de que España es el país con mayor biodiversidad de Europa, pierde alrededor de un 5 % anual de especies autóctonas de ganado y de variedades vegetales locales, destinadas a la producción de alimentos.

Ante estos datos, muchos ciudadanos pueden preguntarse: ¿y qué puedo hacer yo? o ¿cómo puedo contribuir a evitar la disminución en la diversidad de nuestras fuentes de alimentación? Bien, gracias a la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente esta pregunta ya tiene respuesta, y será revelada el próximo martes en el Círculo de Bellas Artes de Madrid.

Y es que la Fundación, acompañada por la ministra Rosa Aguilar; el naturalista Jordi Sargatall y el chef Darío Barrio, presentará su iniciativa ConSuma Naturalidad.

Este proyecto persigue ofrecer herramientas de información a los ciudadanos para que a través de sus decisiones de consumo, puedan contribuir de manera eficaz a frenar la desaparición de razas autóctonas de ganado y variedades vegetales locales, destinadas a la producción de alimentos en nuestro país, es decir nuestra “biodiversidad productiva”.

Con la boca abierta | Gustavo Duch

Ya tenemos aquí los primeros ajustes estructurales que los gobiernos europeos están imponiendo a su población, con el único interés de salvar el capitalismo y sus grandes beneficiarios (las banca privada, los grupos inversores y las grandes corporaciones).
Y todo hace pensar que en los próximos meses estas políticas antisociales se endurecerán y extenderán. Ya tenemos aquí, también, las primeras movilizaciones generales (en Grecia y España, fundamentalmente) para advertir y denunciar los sistemas económicos y de gobernanza que nos han conducido a este escenario. Y entre los diferentes espacios de resistencia y transformación, ya tenemos aqui –creativa y enérgicamente– la respuesta de los movimientos sociales europeos preocupados por un modelo de agricultura global parte responsable de la crisis.”

Con estas palabras se abre la declaración final del trabajo de más de 400 personas del mundo rural, agrario, ecologista, consumidores y consumidoras, etcétera, reunidas en la ciudad de Krems (Austria) durante el pasado mes de agosto, presentando la soberanía alimentaria como alternativa a la crisis capitalista en la que nos encontramos.

Quienes conocemos la trayectoria de los movimientos en favor de la soberanía alimentaria, liderados por La Vía Campesina, no podemos dejar de sorprendernos al valorar su rápida expansión. En unos 15 años de existencia, hemos visto contagiarse su mensaje por todo el planeta. Su compromiso con un mundo rural vivo lo encontramos presente en los más insospechados rincones campesinos. Ha sido, además, aglutinador de muchas de las preocupaciones que desde otros colectivos no agrarios existían respecto de la alimentación y el uso y cuidado de los bienes que nos ofrece la naturaleza. Nos ha demostrado, a veces contra todo pronóstico y con métodos casi sobrenaturales, una infinita capacidad de coordinación y trabajo conjunto, algo nada sencillo para un colectivo de más de 200 millones de personas, y muchas lenguas y lenguajes. Han estado presentes, y con resultados admirables, en muchos de los momentos más significativos del contrataque neoliberal de estos años poniendo, por ejemplo, contra la espada y la pared a la todopoderosa Organización Mundial del Comercio.

Y aun con esta experiencia, nos quedamos con la boca abierta al observar cómo el paradigma de la soberanía alimentaria se convierte también en uno de los elementos de combate fundamental para enfrentarse a la crisis abierta, y en particular al escenario que se está desplegando por los teatros europeos.

¿Cómo llega la soberanía alimentaria a catalizar luchas anticrisis?

La soberanía alimentaria, en primer lugar, ha tenido la virtud de identificar con claridad quién es el responsable de la situación de crisis que se vive en el medio rural desde ya hace demasiado tiempo: un sistema agroindustrial diseñado para lo opuesto a su obligación. En lugar de centrarse en la producción de alimentos sanos, justos y buenos para los pueblos, se dedica a todo aquello que pueda generar beneficios económicos, como los monocultivos de agrocombustibles, piensos para animales o plantaciones papeleras. Todo verde, pero incomestible. Así, como resultado, tenemos (y padecemos) por un lado una masiva desaparición de fincas agrarias y de las personas que con ellas tenían su medio de vida (sólo en España en los años noventa se contabilizaban de promedio el cierre de tres fincas por cada hora).

En segundo lugar, ha sabido interpretar este modelo agroindustrial como un reflejo exacto del sistema capitalista de crecimiento infinito, que, como dice la declaración,no reconoce la limitación de los recursos como el agua y la tierra y la energía; es responsable de drásticas pérdidas en la biodiversidad; contribuye al cambio climático; somete a miles de personas en trabajos sin el reconocimiento de los derechos más elementales; y se aleja de una relación armoniosa con la naturaleza. Explotar y tratar la tierra de esta forma es la causa fundamental de la pobreza rural en el planeta y del hambre en más de mil millones de seres humanos (como estamos percibiendo estos días con la crisis alimentaria en el cuerno de África), mientras que se crea un superávit de algo parecido a alimentos que en una elevada cantidad se acaban desperdiciando o bien se exportan subvencionados a mercados dentro y fuera de Europa compitiendo brutalmente con las producciones locales.

Y en tercer lugar, todo su análisis se complementa desde siempre con un trabajo colectivo, participativo y democrático, y con un proceso de creación de verdaderas y genuinas alianzas. Lo cual es muy valorado en este momento donde crecen las reivindicaciones frente al déficit de soberanía democrática (o popular) por el que vamos transitando.

De hecho, cambiar nuestros sistemas de producción y consumo de alimentos es un primer paso hacia un cambio más amplio en nuestras sociedades. Producir y consumir soberanamente alimentos son elementos capitales para luchar contra esta crisis, pues permitiría sentar las bases de una nueva economía relocalizada y campesinizada, dando lugar a un robusto sector primario.

La soberanía alimentaria a partir del encuentro de Krems añade a sus vocaciones la de ser marco para movimientos y organizaciones de países de la Europa del este. En el encuentro hemos podido observar cómo para poblaciones que han pasado de modelos de planificación autoritaria a sistemas de la ley del más fuerte, la exigencia por recuperar espacios de participación en políticas públicas sociales y solidarias que demanda la soberanía alimentaria se corresponde en buena medida con sus empeños. Sus poblaciones en muchos casos mantienen aún una buena proporción de campesinado, pero con la desaparición del Estado, las políticas neoliberales, eldumping interno europeo y el aterrizaje de muchas multinacionales que llevan ahí sus producciones más conflictivas, su futuro se hará cada vez más difícil, como ha pasado ya en muchos otros lugares.

Veamos pues, con la confianza renovada, cómo en los próximos meses los movimientos europeos, y todo el tejido asociativo y redes que han ido conformando en estos tiempos, serán capaces de europeizar una lucha a favor de una alimentación anticrisis.

Civilizaciones | Gustavo Duch



La jornada se iniciaba plácidamente con la salida del Sol.  Para las gentes del campo; para las gallinas, conejos y vacas; y para las niñas y niños, que entonces salían a jugar. Y finalizaba cuando el astro desordenado y tímido decidía retirarse, a veces antes, a veces después.

El Sol era el alimento básico –junto con la tierra abonada- de los vegetales, que a su vez daban de comer a las personas. Y a las mulas y a los caballos que ayudaban en las tareas agrícolas.

El Sol evaporaba el agua que después sería lluvia; y deshelaba glaciares que serían riego. La energía nutritiva y motora era gratis, común e infinita.

Como el Sol, en el campo predominaba el amarillo del trigo o el maíz, con diferentes matices según la estación o el clima, matices que algunas personas sabían interpretar.

Los rayos de Sol calentaban los cuerpos y las almas humanas; y cuando se necesitaba una sobredosis, los abrazos ejercían la misma función

Quizás porque el Sol es redondo, quizás porque da vueltas sin parar, la vida giraba sobre sí misma y siempre volvía a empezar, sorprendiendo en su monotonía. Una civilización Sol-tenible y Sol-idaria, de personas de sangre caliente y corazón solar.
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La jornada se inicia con el sobresalto de una alarma. No se mira el cielo sino la agenda y la televisión. Las gallinas ponen huevos sin cesar y los niños y niñas se acuestan de madrugada al agotarse la batería del ordenador.

El petróleo cría los vegetales bajo plásticos que les previene de la inSolación. Sus producciones dan de comer primero a los coches y aviones; después a las personas. No hay animales Soleándose en el campo, sólo friéndose en naves industriales.

La energía se compra en barriles. Y es motivo de guerras y muchas dependencias que se ignoran y disfrazan para adormilar las conciencias

Como el petróleo, en el campo predomina el negro del humo y el gris de los polígonos. Las tecnologías , engreídas, creen poder prescindir del Sol.

Los cuerpos se calientan con prendas térmicas mientras las almas agonizan heladas de frio. Las caricias y abrazos se anuncian en los periódicos.

De sólo mirar hacia delante, y nunca hacía arriba ni hacia abajo, la vida camina muy rápido precipitándose al vacío.

Una civilización que abandona al Sol es una civilización inSolente.

Fiestas de los pueblos | Guadalupe Fernández de la Cuesta



Se hace bulla en los pueblos de la sierra cuando el calendario señala las fiestas patronales.  Desde la sima de los valles ascienden hasta las cumbres de las montañas y de los oteros un alud de imágenes hechas de colores festivos: rumores de músicas jaraneras, pálpitos de vida en este útero de pinares fecundando de esperanza. Las casas de postigos abiertos salpican la calle de remiendos amarillos en las noches apacibles de plata negra y calor suave. Voces infantiles se enredan por entre las esquinas de las calles, en la plaza, en el agua de los cauces tajados de los ríos, en el pinar…Ellos, los niños, escriben en el aire frases que son versos de un poema encadenado a los juegos de nuestra infancia, ya tan lejana y de recuerdos descosidos. Los jóvenes atan su individualidad a la pandilla en un haz convulso de emociones encontradas. Toda esa bendita energía juvenil estalla como un cohete de feria y añade luces y entusiasmo a ese afán de divertimento de la gente.

Las fiestas de los pueblos ponen en pie nuestra identidad. En la bóveda de mis sueños, buscando en mi memoria, aparecen los primeros tañidos de las campanas hechas siembra en la nostalgia. Los ecos del campanario ratifican nuestra pertenencia al pueblo y rubrican con emoción contenida el nuevo abrazo en ese primer encuentro del rezo de la Salve, pórtico de entrada a la fiesta de la Virgen de la Asunción. En la iglesia hecha de susurros y rezos descubro las huellas de mis ancestros en los muros de piedra de sus paredes y en el trenzado del techo ojival. Paseaba yo la mirada por entre los bancales, siendo niña, y descubría la quietud de mi madre y de las otras mujeres, inmóviles sus manos, fijos sus ojos en el altar con un bisbiseo apenas rozando los labios. Buscaba su cobijo para descifrar tanto misterio tallado en las imágenes hieráticas, imperturbables y solemnes en sus hornacinas de oro gastado. Las madres con su luto viejo y el tul negro desgranaban oraciones por los vivos y por los muertos. Tal recogimiento infundía respeto y apenas nos movíamos del asiento.
Las misas se alargaban en latines cantados e inacabables. Entreteníamos la espera escrutando nuestro vestido limpio, alisando los volantes y balanceando los pies calzados de domingo. Luego, después del baile del mediodía esperaba la comida, olvidados el tocino y las berzas de diario por el guiso de un gallo conquistador de gallinas el día anterior. Por la tarde, en la plaza, con la misma música, jugábamos a ser mozas: los cuerpos ceñidos por la cintura para el pasodoble y el tango “agarraos”, y libres para trenzar los pasos de la jota. Tras la cena escuchaba, envuelta en lloros porque no me dejaban salir, los ecos de las melodías como estrofas de una elegía inacabada. Toda la lírica de la fiesta transformada en la prosa de una cama.

Se hace camino al andar, dice el poeta. En el deambular de las fiestas patronales se ha colado en los programas un hueco a la gastronomía, un encuentro de paladares añejos y rotundos: caldereta, chorizos al vino, ajo carretero…Despaciosos y con el verbo fácil, salimos al encuentro de las viandas y de los convecinos para una charla multitudinaria y divertida mientras degustamos el sabor emocionado de la concordia. “Escribe de todo esto”, me dice un vecino. Merece la pena.
Poco a poco, el calendario va llenando de sombras las calles y los pueblos son poseídos por la luna y las luces desmayadas Sobre la masa gris del horizonte se dibuja la perfección de sus perfiles y de sus misterios. Fin de fiesta. Caen los últimos jirones de la tarde. Uno año más.

Imagen | José Segura



Vademécum político | Gustavo Duch


En los 70 –tiempo de misiones y de caridades-  se les conocía como países del Tercer Mundo. Fue entonces también cuando triunfó la película de ciencia ficción Encuentros en la Tercera Fase, y todo nos sonaba parecido: mundos desconocidos, lejanos, ajenos.

Años después llegó el neoliberalismo y entre las primeras libertades dictadas se prohibió este tipo de clasificaciones, y se mandó usar aquello de países subdesarrollados. Alguien protestó porque parecía que se hablaba de países en un peldaño inferior, de hecho en un peldaño enterrado y subterráneo. En breve, además, se observó que no era satisfactoria ésta nomenclatura porque –estudiaron- llevaba a la parálisis y a la resignación sin ánimo de lucro.

Entonces se inventó lo de países en vías de desarrollo o países atrasados que ya los colocaba en la carrera, a punto de subir por una escalera, la del progreso con un final extraordinario, lleno de avances y riquezas a repartir. El Banco Mundial subvencionó las ambiciones y otros planes dictados por el Fondo Monetario Internacional.

Pero no pasó. Más bien, quienes empezaron ese recorrido, a cada paso que daban más se hundía su escalera. Sus patas estaban situadas sobre arenas movedizas y aún hoy deben pagar por aquellos préstamos y tanta gentileza. Por eso también se les conoce como países endeudados.

Las voces más asépticas y políticamente correctas desenfundaron un nuevo vocablo que no fuera ofensivo y se puso de moda lo de Países del Sur.  Pero las leyes cardinales tenían errores: se tropezaron con pobrezas en el norte, en el este y en el oeste; y riquezas tremebundas en los sures. Así que se debía buscar otra fórmula.

En algunos textos y conferencias ganó prestigio diferenciar países con métodos geométricos. Los mal llamados países del tercer mundo, subdesarrollados, en vías de desarrollo o países sureños pasaron a llamarse periféricos porque obedecen centrípetamente las atracciones de las potencias centrales. Aunque de nuevo surgieron peros, algunos países antes desarrollados o emergentes no estuvieron de acuerdo al aparecer en la lista de la segunda división.

Por fin alguien atinó: se podría definir la situación de algunos países por las causas que hasta allí le condujeron. Así nacieron los países empobrecidos que tuvo la virtud de señalar con claridad el expolio que hizo de la pobreza espejo de la riqueza. Aún así surgían algunas dudas ¿la pobreza se mide en dólares? ¿Con el Producto Interior Bruto? ¿Quiénes son  los verdaderamente pobres?

Mientras estábamos distraídos con esta discusión, a finales del 2008 las mandíbulas financieras no tuvieron piedad geométrica, ni  geográfica, y casi todos los países enriquecidos, del Norte, centrales y arriba del todo en las clasificaciones del desarrollo, cayeron a tumba abierta. Sus gobernantes decidieron desproteger a la población para pagar los caprichos de la banca.

Se acabó con el problema filológico, todos, antes y ahora, son países desnudados.

Privilegios 'en conserva' | Gustavo Duch


¿Qué comeré hoy? es una pregunta habitual. Millones de personas no tienen respuesta, otras siempre podemos rebuscar en la despensa y qué se yo, una lata de atún en conserva siempre nos sacará del apuro.

Para conservar estos privilegios, o mejor dicho, para que 25 atuneros-congeladores españoles (aunque algunos con banderas de conveniencia, sin que eso parezca importar) sigan enriqueciéndose en costas ajenas, todas y todos hacemos un considerable esfuerzo económico. También en tiempo de recortes.

Sólo España dedica anualmente 75 millones de euros en la operación armada Atalanta contra los bucaneros de Somalia;  unos cuantos millones más, en la operación EUTM-Somalia, de entrenamiento de soldados para las milicias del Gobierno Federal de Transición de Somalia (GFT), que instruye como eliminar ellos autónomamente a sus delincuentes marinos; y subvenciona también a los armadores para que puedan zarpar con protección militar privada –ahora con armamento pesado- para guerras galácticas.

Tres capítulos de presupuestos militares a los que podríamos sumar las ayudas del presupuesto de pesca de la Unión Europea para que esta flota pueda acceder a caladeros de aguas territoriales africanas.

¿Cuánto dedica toda la UE en ayuda al desarrollo para Somalia? En seis años (periodo 2008-2013) dedicará 215,3 millones de euros. Muy malas proporciones.

En los océanos los atunes no nadan y pasan miedo. En Somalia los pescadores no pescan y pasan hambre.

Campamento Félix: una buena alternativa para el verano


Hace unos días que comenzaron las vacaciones escolares de verano. Los niños las reciben cada año con felicidad y mucha energía, pero a veces son una preocupación para los padres que continúan con sus jornadas laborales.
Los campamentos son una gran opción para ellos, ya que los niños permanecen ocupados mientras se divierten y aprenden. Los psicólogos aconsejan que su hijo acepte asistir al campamento, que no sea una imposición. Y es que la función del campamento de verano no es guardar o entretener a niños mientras sus padres trabajan, sino, sobre todo, mejorar su autoestima, la sociabilidad y la independencia.

Desde la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente se ha creado el primer Campamento Félix que se llevará a cabo del 1 al 10 de agosto en A Coruña, donde los niños y niñas de 8 a 14 años podrán continuar y seguir aquellos consejos que Félix transmitió en la década de los 70 y que tan contemporáneos permanecen:


“Es verano, en el que vais a tener más contacto que nunca con nuestros bosques, nuestras montañas, nuestros ríos y nuestras playas, tenéis que demostrar a todo el mundo que sois Linces, que comprendéis la importancia que tiene para la Naturaleza conservar su equilibro, su frescura y su pureza. En esta época en que seguramente tendréis mucho tiempo a vuestra disposición no olvidéis que es la ocasión para observar y estudiar al aire libre, sobre el campo, los secretos de la vida que nos rodea; no olvidéis también que debéis hacer ejercicio, bien sea paseando por el campo o entregándoos a deportes, porque un Lince debe ser un hombre fuerte y vigoroso para velar mejor por la protección del planeta que le sustenta y le soporta.”

Malas artes pesqueras | Gustavo Duch y Miquel Ortega


Pescados contaminados en nuestras mesas y la población pesquera cada vez más diezmada. ¿En qué despachos, quién y cómo se gestionan estas calamidades? En el caso español hay muestras evidentes de que los representantes no actúan de la forma más adecuada. En el Parlamento Europeo en ocasiones se acusa a España de encubrir la pesca ilegal y fagocitar los recursos naturales; pero cuando los pescadores protestan ante ellos por la grave situación por la que están pasado, los representantes españoles explican que en Bruselas nadie les entiende ni les respeta.

Tanto se lamentan que ciertamente pareciera que su trabajo está boicoteado o ninguneado. Sin embargo, entre mayo y junio de 2011 la Comisión Europea presentó tres informes demoledores para la gestión pesquera española.

El primero de ellos, el Informe anual económico de la flota europea de 2010, trata de evaluar la situación de la flota y su posible evolución para tomar las medidas adecuadas. Lamentablemente en él se denuncia que no puede evaluar la situación económica y perspectivas de España, pues los responsables de la Administración española no habían aportado ningún dato del año 2008 y sólo algunos parciales para el periodo 2002-2007. Con la información facilitada, los expertos simplemente fueron incapaces de dibujar cuál es el escenario actual y las perspectiva futuras.

El segundo de ellos, el Informe sobre las actividades realizadas por los Estados Miembros para conseguir un equilibrio sostenible entre la capacidad pesquera y las oportunidades pesqueras, trata de seguir, probablemente, el aspecto más importante para garantizar la viabilidad económica de la flota, su adaptación a los recursos pesqueros existentes. En él se hacía una evaluación cuantitativa de la calidad y cantidad de información facilitada a los servicios de evaluación y seguimiento de la Unión Europea para cada país. España era el país peor valorado en ambos aspectos.

El tercero de ellos, el informe sobre la Aplicación del programa de recuperación de la merluza europea y la cigala, trata de evaluar si se estaban aplicando correctamente los planes diseñados para gestionar ambas especies. En los dos casos España tiene un rol principal, pues dispone del 64% de la cuota de merluza y del 41% de la de cigala. El informe apunta a que posiblemente no existe un control adecuado de los desembarques, y que probablemente hay un desajuste entre la potencia del motor de las embarcaciones registrada y la real. Ambos aspectos favorecen los desastrosos resultados que indican que las capturas de ambas especies han sido 2,4 y 2,8 veces superiores a las toneladas permitidas. En términos económicos la Comisión no deja lugar a dudas, el incumplimiento ha salido caro y saldrá muy caro: “la aplicación plena del programa de recuperación desde 2006 habría incrementado los beneficios netos actuales para todo el periodo”. Pero en cambio, ahora España, sin duda, será penalizada en la cuota correspondiente en los próximos años, con consecuencias dramáticas para la pesca artesanal, que tiene en algunos segmentos una dependencia muy alta de la merluza.

Si los exámenes en Bruselas tienen tan malos resultados, cuanto menos tan alarmante es la reciente información facilitada por la organización Oceana, donde demuestra que el Gobierno ha ocultado, durante siete años, un informe que, bajo la etiqueta de confidencial, advierte sobre los altos niveles de contaminación de algunos tiburones como el pez espada, el marrajo o la tintorera. Ha sido necesario acudir a los tribunales para disponer de un informe contratado por el Ministerio de Medio Ambiente, Medio Rural y Marino, pagado con recursos públicos y elaborado por el Instituto Español de Oceanografía, otra institución pública.

Y ahora, en pleno debate de la reforma de la Política Pesquera Común, las primeras propuestas de los representantes, desde nuestro punto de vista, van totalmente desencaminadas, defendiendo que es imposible hacer una buena política socio-económica si se prioriza la gestión ambiental. Por ello, desde muchas organizaciones sociales, agrupaciones pesqueras y organizaciones ecologistas se traslada la necesidad de una reacción rápida y contundente por parte de la Administración pública. Empezar aseando nuestro patio es el primer paso para ganar credibilidad y sumarse a posturas que apuntan a un modelo de pesca con futuro, es decir, que premie a las flotas más selectivas, con menos impactos ambientales, que más distribuyan la riqueza; que no privatice los recursos pesqueros; que priorice la pesca artesanal sostenible; que acabe con el incumplimiento legislativo; y que no se pesque más allá de los niveles que garantizan el máximo rendimiento sostenible.  ¿Sabremos hacerlo? Nos va en ello el prestigio, el ecosistema marino y el sistema socioeconómico pesquero.

Sol y sombras | Guadalupe Fernández de la Cuesta


Se estrena el verano con ganas de apuntar las temperaturas por todo lo alto. Nos ha sorprendido de puntillas: con la lumbre a medio apagar y los cuerpos abrigados al relente de la tarde. El sol cae en las horas del mediodía sin un resquicio de sombra, y a nosotros, los del frío en la sierra, nos sale la queja y el sudor en el mismo instante que abrimos las puertas de las casas y echamos un pie a la calle.
Puede ser un milagro, y de hecho lo es, que un haya te cobije en parajes próximos a ríos o arroyos con rumores de agua cantarina cuando el calor alcanza su cenit. Y aún más: que mojes los pies descalzos chapándote en la corriente envueltos en aros de mojadura helada y salpicaduras en la piel. Y puede ser la misma gloria, si bajo la sombra densa y umbrosa, mil veces cantadas por los poetas, se enredan entre las manos las páginas de un libro, que no has podido olvidar por esa complicidad mutua del autor que te atrapa en su historia y el lector que se ha dejado seducir. Y olvidas el tiempo, los quehaceres, las preocupaciones. Y entregas la imaginación en cada frase con toda la sensualidad, como un amante. Y te pierdes por los vericuetos de las otras vidas contadas en otros tiempos y en otros parajes. Es la soledad sonora de Antonio Gala. Es la exaltación del goce de los sentidos. Es el paroxismo de las emociones del alma. En el verano los pueblos despiertan de su letargo atraídos por la llegada de los veraneantes. La vecindad holgada por entre casas de postigos cerrados cose ahora sus voces en las paredes colindantes y enredan la plática desde las puertas abiertas. Son las personas mayores que cobijan los inviernos fuera de la nieve y los hielos los primeros en regresar a sus casas de siempre, aquellas donde iniciaron un proyecto de vida, criaron a los hijos y sintieron el primer estremecimiento de su ausencia cuando salieron del pueblo para estudiar o encontrar un trabajo: pequeñas soledades unidas en la pirámide del éxodo hasta coronar el vértice de la diáspora, de la despoblación.

El calor cobija el aliento de las vacaciones. Los niños van llegando en sucesivas remesas a las casas de los abuelos y pueblan las calles de voces y juegos. En el aire se dibujan vidas futuras que saben de libertad, de naturaleza, de animales, de atardeceres de fuego, de cielos estrellados, de arcoiris imponentes… que saben pintar gallinas, burros, vacas, huertos, ríos, pinos… que olvidan por un tiempo el asfalto, los coches, la contaminación…, y que son felices. Cae la tarde. El paisaje languidece y se perfilan en negro las cumbres de las montañas. Las huellas de mis sueños no son menos reales que las de mis palabras.

Esta crisis económica tan brutal que estamos padeciendo obliga a un cambio de estrategia en el mapa económico. La gente erudita, nuestros dirigentes políticos y demás fuerzas vivas han de sustituir un “mercadeo” a todas luces agonizante por otras propuestas de progreso. ¿No tendremos algo qué decir los pueblos sobre el desarrollo rural? ¿Es terreno baldío tanta riqueza en los montes? ¿Nos tienen en cuenta o sólo se acuerdan de nosotros para reducir el número de ayuntamientos por un populismo espurio? Con todas las premisas expuestas es muy fácil construir un silogismo: Ahí va: primera proposición: los pueblos ofrecen a los ciudadanos una vida más saludable sobre todo para los niños; segunda proposición: los pueblos pueden ser un potencial económico de futuro. Conclusión: Los pueblos deben ser lugares de inmigración progresiva. ¡Qué vivan los pueblos!

Otra hipótesis: ¡fueron los coches! | Gustavo Duch

Hace unos meses hubo también en Alemania una crisis alimentaria por la aparición de dioxinas en algunas granjas. ¿Recuerdan? La explicación se dirigió hacia la alimentación del ganado: piensos contaminados seguramente por la utilización de residuos procedentes de la elaboración de agrocombustibles. Los sobrantes después del procesamiento del maíz o la soja para elaborar etanol son, desde un punto de vista nutritivo, semejantes a las harinas de dichos cereales. Conocido como granos húmedos de destilería, este subproducto se utiliza como un ingrediente barato del pienso que se destina a la alimentación de la ganadería industrial.

Pues bien, repasando información al respecto, en primer lugar en el documental Food, Inc. (2008) se puede ver cómo un investigador veterinario, con las manos dentro del rumen de una vaca, explica que una alimentación excesiva de las vacas con granos en lugar de pasto o forrajes, como harían en su estado natural, es un factor que favorece la presencia de cepas de la bacteria E. coli en los estómagos de esos animales, y por lo tanto en sus excrementos. Ya saben, la E. coli de la epidemia de Alemania, que acusó precipitadamente a los pepinos andaluces y que ahora señala a brotes de soja, aunque por el momento no puede confirmarlo.

Con más concreción, en segundo lugar averiguamos que desde el 2007 científicos del Servicio de Investigación Agrícola de EEUU han estudiado qué les ocurre a los animales alimentados con los granos húmedos que los coches y la industria desechan. En su centro Roman L. Hruska de Investigación de Animales para Carne, en Clay Center, Nebraska, han determinado con 608 vacunos que los animales alimentados con estos subproductos mostraron niveles significativamente más altos en sus excrementos de E. coli O157:H7. Es decir, niveles más altos de una de las variantes graves de E. coli,perteneciente a la misma familia que la detectada en Alemania.

Cuando las vacas industriales que malviven encima de sus excrementos llegan a los mataderos con las patas y los cueros sucios, el salto de la bacteria a la carne es viable. Y ya tenemos carne picada con posibilidades de estar contaminada, como ocurrió en 1982 en EEUU. Desde entonces se estima que cada año hay en ese país 73.000 casos de infección y 61 muertes por esta variante de la bacteriaE. coli.

Aunque también se han dado casos de contaminación de esta bacteria en botellas de zumo de manzana, en el agua, en espinacas -y queda aún abierta la hipótesis de la contaminación de vegetales en alguna fase de su larguísima cadena alimentaria-, e incluso teniendo en cuenta que esta infección deriva de una nueva cepa, hay preguntas clave que deben obtener respuesta. ¿Necesitamos correr estos riesgos? ¿Todos los alimentos han de tener pasaporte para recorrer el mundo? ¿Hay alternativas a la ganadería industrial y al consumo excesivo de carne? ¿Es buena idea esa de los agrocombustibles? Ya sabemos que la dedicación de muchas tierras sustituyendo comestibles por combustibles es uno de los elementos clave que, junto con la especulación financiera con los cereales, explica la subida de precio de la materia prima alimenticia que tanta hambruna provoca. ¿No parece todo un despropósito? Un modelo agroganadero que provoca hambre en los países empobrecidos del sur y sustos epidémicos en los países industrializados (dioxinas, gripe A, vacas locas…).
Así que, ya metido a investigador de hipótesis, me aventuro a lanzar varias recomendaciones a quien corresponda:

Revisen, las autoridades higiénico-sanitarias correspondientes, el factor hamburguesa. Es decir, investiguen las granjas industriales y los acuíferos cercanos, para localizar el foco del contagio. Por si acaso.

Revisen, las autoridades agroalimentarias correspondientes, este modelo de ganadería industrial que nos asusta día sí y día también y que tiene el único propósito de producir seudoalimentos aparentemente baratos. Por favor.

Revisen, las autoridades políticas correspondientes, este modelo de alimentación global que guarda los mejores manjares para los coches y en el que lo que come nuestro ganado -y por tanto también los seres humanos- son los residuos. Por decencia.

Revisen también un modelo que dedica el 50% de las tierras fértiles de Argentina a producir soja, o el 30% de las de EEUU a producir maíz, siempre en detrimento de la alimentación humana y de los campesinos que en esas tierras cosechaban su bienestar. Hoy desplazados a las periferias pobres de las urbes, sus parcos ingresos solo les permiten comer en el McDonald’s de turno… hamburguesas baratas. Por justicia.

Para acabar, dos proverbios. Uno de mi amiga Marta: «La mejor garantía de seguridad alimentaria son las políticas a favor de la soberanía alimentaria». ¿Y qué es la soberanía alimentaria? Lo explica el segundo proverbio, un dicho africano que me he permitido modificar ligeramente: «Mucha gente pequeña, en muchos lugares pequeños, cultivará pequeños huertos… que alimentarán al mundo».

Los topos | Gustavo Duch

Viven en el submundo y en el subsuelo, enterrados, casi que marginados de los placeres más gustosos del mundo exterior: un buen baño de Sol, una brisa refrescante, el color de un amanecer… Pero los topos –como explica Raúl Zibechi en su magnífico artículo en La Jornada-  excavan sus galerías desde hace mucho tiempo, entre toda la familia topuna, hasta que un día deciden dar un salto colectivo y salir a la superficie.

Cuando las primeras señales de su presencia, pequeños montículos de tierra, aparecen sembradas por diferentes plazas, jardines o huertos se las ignora. Pero en un santiamén se multiplican y entonces  se les llama plaga –una plaga de topos rebeldes, violentos y fastidiosos que todo lo destroza. Y se decide derrotarlos por la fuerza. Todo tipo de armas contundentes, palos, porras, plomos y bombas salen de los almacenes; pero es insuficiente. El clan topo resiste.

Entonces se recurre a remedios muy tóxicos, caducados y anticuados:

Discursos emponzoñados les critican la falta de organización, sólo porque están inventando formas nuevas de organizarse que no alcanzan a imaginar.

Dicen que les falta un líder, un representante, porque a eso están acostumbrados, a tratar y combatir entre líderes que sólo representan el poder y el capital. Saben que lo colectivo es peligroso, porque nadie impone, ni nadie manda.

Voces envenenadas dicen y repiten que todo esto no avanza, que va muy despacio, ignorantes que así se llega más lejos.

Prueban a exterminarlos tiñéndolos de radicales de izquierdas o de derechas, pero son inmunes los topos porque –sin prejuicios- no se preguntan de dónde vienen, sino a dónde van.

Desde las poltronas políticas se afirma que no saben interpretar la realidad política actual. Claro que no, responde Arcadi, un papá topo, no se trata de observar, sino de participar.

Al sentirse acorralados por tanto topo suelto se les acusa de enjambre violento. El miedo es lo que tiene, que te hace perder la paciencia y el juicio. Son sólo pacíficos topos y topas, y en su manada no aceptan lenguas ni comportamientos viperinos.

Agotada toda la farmacopea se guarda el último cartucho, -es una plaga para hacerse con el control del Estado, son aspirantes del poder- se les acusa. Y el toperio ríe. Esas especulaciones son cosquillas, porque su propósito no va por ahí. Para nada, su ambición es mucho mayor… quieren transformar el mundo. Y el primer paso ya está dado: sus túneles, grutas y cavernas secretas hacen que el mundo de los de arriba se tambalee.

La ciencia | Gustavo Duch


Hay investigaciones vitales para el curso de la humanidad.

Hay investigaciones caprichosas, que responden a inquietudes minoritarias

Hay investigaciones interesantes. Pero también las hay interesadas, que antes de empezar, ya saben que resultado tienen que obtener, diga lo que diga el tubo de ensayo.

Y hay investigaciones sorprendentes, como la realizada por Joe Staton del Museo de Zoología Comparada de Harvard, que ha llegado a la conclusión que la carne de iguana; los filetes de  serpiente, salamandras, sapos y tortugas; los muslos de palomas, codornices y patos; los solomillos de cocodrilo; y ¡la carne de tiranosaurios rex!, saben todas igual. Todas saben a carne de pollo.

¿Pero cómo pudo el científico llegar a este resultado, si a estas alturas de la alimentación industrializada,  la carne de pollo no sabe a pollo?

Las manos | Gustavo Duch

El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua define el término rural como ‘Inculto, tosco, apegado a cosas lugareñas’. En contraposición, se refiere al término urbano como ‘Cortés, atento y de buen modo’.

El cacique se levantó. Estaba rodeado de todas las personas del clan. El clan de los Urbanos. Estaban atrapados, en la encrucijada, no más podían demorar la decisión. -Tomemos un nuevo camino, ¿cuál? ¿Por dónde? ¿Hacia dónde? ¿Para llegar a? ¿Con quiénes? – preguntó.

Las familias ya no cultivaban la tierra. Habían delegado la producción de alimentos a empresarios que con modernos métodos de cultivos –explotaciones, les llamaban- habían estrangulado todos los recursos naturales. A los pocos años, poco quedaba para comer, y menos quedaba que fuera comestible. Tanto gastaron y tanto despilfarraron que montañas de residuos, emitiendo gases pestilentes, les impedía respirar con regularidad. El oxigeno que llegaba a sus venas, y el agua que bebían en sus vasos, estaban infectados, y así, sus cuerpos enfermaban.

Habían perdido todo el control. El cacique y su asamblea de ancianos, ya no regulaban, no tenían poder. Habían entregado a las manos de una gran mano invisible su libertad. Todo tenía dueño, amo o gestor. También los saberes eran mercancía para esas manos invisibles, frías, atentas, cortesanas y aplastadoras. Y a todo eso le llamaron crisis.

El decidor, el hablador, el que cuenta, el que sabe de otros clanes, se puso de cuclillas y tomó la palabra. -Allí, más cerca de lo que parece, conocí de otro clan. Son los Rurales. Desde hace años entendieron más que nosotras y nosotros. A nuestro lado son precursores, innovadores…casi que son futurólogos. Porque supieron que vendría y actuaron:

Cada familia entregó su blasón, los cosieron y hecho uno y multicolor proclamaron en rebeldía, su soberanía. Pactaron reducir, reciclar, reutilizar y ese ejercicio que les hacía más grandes, le llamaron, decrecer. Pensaron, repensaron y reaprendieron el arte de cuidar la tierra para producir alimentos. Le llamaron agroecología. Recuperaron a sus espíritus que les recordaron cuál era su mejor tesoro: sus manos. Tal vez toscas, pero manos palpables, que abrazan, que rodean, y –concluyó el hablador poniéndose en pie- calientes como el Sol.

Más información sobre la campaña de la REDR por la dignificación del término rural en el Diccionario de la RAE