Lo que Gaspar, el buitre sabio, no sabe | César-Javier Palacios


Gaspar, el buitre sabio, nos dejó asombrados. ¿Lo recordáis? Félix Rodríguez de la Fuente lo cogió del nido cuando aún no sabía volar y lo crió en cautividad en un pequeño cercado del cañón del río Dulce, su habitual plató de grabación. Quería hacer con él un experimento. Comprobar que el alimoche tenía una prodigiosa memoria genética, aquella con la que se nace y nadie te enseña. Saber si era capaz de romper huevos de avestruz arrojándoles piedras como hacen sus congéneres en África, a pesar de que nunca había visto uno de estos huevos ni a nadie usando tan específica técnica. Resultó un éxito. Tanto que casi 40 años después de emitirse el documental donde se veía a Gaspar empeñando en romper el gran huevo a pedradas, no hay nadie en España que lo haya olvidado.

Pero Gaspar guardaba otro secreto al que, si Félix Rodríguez de la Fuente viviera, habría dedicado otro espectacular documental: la aventura de su migración. ¿A dónde van los alimoches cuando llega el otoño?
Hasta hace poco lo ignorábamos. Apenas sabíamos que cruzaban el desierto del Sahara camino de sus cuarteles de invierno. Pero hoy las nuevas tecnologías han desentrañado el misterio. Los alimoches europeos pasan el invierno en el Sahel, especialmente en un área no muy extensa situada entre Mauritania, Mali y Níger. Incluso contamos con un gran hermano tecnológico para conocer, minuto a minuto, su espectacular periplo de ida y vuelta.

El viaje del alimoche no es el nombre del documental que Félix habría rodado. En realidad es un precioso proyecto puesto en marcha por WWF con el apoyo de la Fundación Biodiversidad, enmarcado dentro del amplio programa de actividades de conservación dedicado a uno de los buitres más amenazados del mundo. A través de una moderna plataforma multimedia interactiva se pretende acercar a la sociedad los misterios y peligros de la blanquinegra necrófaga. Podemos así compartir el vuelo de Duna, Trigo, Vega y Sahel, los cuatro alimoches a los que se les ha colocado sendos equipos de seguimiento por satélite, mientras recorren los 3.000 kilómetros que separan su vida de invierno y la de verano. Gracias a esta tecnología descubrimos cómo ese instinto atávico que llevan incrustado en los genes les permite cruzar Europa y África camino de un lugar, abundante en comida, en el que nunca han estado. Si consultáis la página web http://www.elviajedelalimoche.com/ veréis que los cuatro ejemplares utilizan la misma ruta para llegar al mismo sitio, después de cruzar el estrecho de Gibraltar, las montañas del Atlas y el terrible desierto. No necesitan ni brújulas, ni mapas, ni seguir a nadie. Sencillamente, lo saben.

Lo que no saben los alimoches es los muchos peligros que les esperan en tan largo viaje, la mayoría de reciente creación. No saben de los tendidos eléctricos casi invisibles contra los que chocan mortalmente, ni de esas torretas de alta tensión donde mueren electrocutados. No saben de esos aerogeneradores cuyas grandes aspas siempre en movimiento pueden partirlos por la mitad. No saben de los cazadores que los disparan sólo por probar puntería. No saben de esas ponzoñas escondidas en cebos envenenados, culpables de la muerte esta primavera en Extremadura de uno de los dos alimoches que WWF estaba siguiendo desde hacía un año. No saben lo peligroso que es el viaje del alimoche.
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Foto: el alimoche Gaspar, en un fotograma de “El Hombre y la Tierra” (RTVE)

1 comentario:

óscar luís dijo...

Gracias César-Javier,
he entrado a ver este proyecto de WWF-España y es una maravilla,no os lo perdáis... y es verdad, toda España recuerda a Gaspar, ese fue para mi el capítulo más impactante del Hombre y la Tierra; después, durante años, he tenido la fortuna de pasar muchas horas observando alimoches, es un "bicho" asombroso.
Por otro lado, si me permites un matiz querido amigo, esos que disparan a las aves protegidas no son cazadores, son furtivos, delincuentes, escopeteros...hay muchos sí, pero son minoría frente a los verdaderos cazadores, gente que cumple la ley y que ama la naturaleza.
Un abrazo
Oscar Prada

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